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Opinión

¿Por qué son graves para la democracia en Nuevo León los insultos personales que dijo Chale de la Fuente?

Sin Censura

El diputado local Carlos de la Fuente ha incurrido en insultos personales en la exposición de un asunto público que se prestaría más bien a un debate técnico entre expertos. Me extraña, porque he dialogado varias veces con Carlos sobre temas urbanos y es un hombre respetuoso. 

Dicho de otro modo, Chale de la Fuente utiliza lo que se conoce como falacia ad hominem, consistente en atacar a la persona que formula un argumento de tema urbano en lugar de refutar el argumento mismo. 

Carlos de la Fuente lo hace en contra de un especialista muy reconocido en el ámbito académico, y eso no habla mal del especialista en sí, sino del diputado local. 

¿Por qué cayó en ese insulto un político con tantos años como legislador y supuesta experiencia parlamentaria? Lo ignoro. Esta columna no hará psicología de la persona. Y menos caerá en lo que se critica. 

Sí recordaré que, en El Banquete, de Platón, uno de los dialogantes acusa a Sócrates de “bruto”. Así se trata de descalificar nada menos que al padre de la filosofía y del razonamiento lógico. 

¿Es grave este insulto de Carlos de la Fuente? Definitivamente sí, por motivos más profundos de lo que parece. 

Vemos. En su libro Rude Democracy: Civility and Incivility in American Politics (2010), la gran investigadora Susan Herbst expone cómo los insultos que profiere un político no se quedan en algo simplemente anecdótico. Va mucho más allá: tiene consecuencias de incivilidad muy graves. 

Dice Herbst que cuando el insulto o agravio personal se exhibe en foros públicos, “la incivilidad puede normalizarse y el público comienza a volverse escéptico y desconfiado respecto al proceso político, erosionando el respeto por el desacuerdo razonado”.

¿Cómo puede el actor político que se excede en sus ataques verbales volver a la civilidad y el desacuerdo razonado? Retractándose del insulto artero y vil. 

¿Lo hará el diputado local Carlos de la Fuente? Espero que sí. La civilidad política en Nuevo León, hoy tan desorientada, bien se lo merece.

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