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Opinión

Cuatro Ciénegas, 'pueblo trágico': el millonario negocio disfrazado de sustentabilidad

Protágoras

Lo de Cuatro Ciénegas no es un accidente. No es un error administrativo. No es una sorpresa. Es la consecuencia de años de decisiones cómodas, omisiones compartidas y un modelo que todos toleraron… hasta que el agua dejó de alcanzar.

Porque eso es lo que está en el fondo de todo: el agua del desierto ya no alcanza para sostenerlo todo, y el equilibrio entre turismo, economía y medio ambiente se está rompiendo.

La clausura del complejo en el Río San Marcos —antes Mezquites— ejecutada por PROFEPA con participación de CONANP, no cayó del cielo. Llegó tarde. Muy tarde. Y ese es el primer punto que nadie quiere asumir.

Porque si hoy se dice que había irregularidades, entonces hay responsables claros: ¿dónde estaban Carlos Alberto Siguentes Lugo desde la dirección regional de CONANP, y Cristino Villarreal, al frente del Área Natural Protegida de Cuatro Ciénegas, mientras este modelo crecía, operaba y se consolidaba? ¿Qué supervisaron? ¿Qué permitieron? ¿Qué dejaron pasar durante años?

Y si no había irregularidades —como sostiene la empresa— entonces la pregunta cambia de dirección y alcanza a Mario A. Guerrero, encargado de PROFEPA en Coahuila: ¿con qué sustento técnico se toma una decisión de este tamaño a días de Semana Santa? ¿Por qué actuar justo en el momento de mayor impacto económico y no antes, si el problema era real?

En cualquiera de los dos escenarios, el resultado es el mismo: la autoridad llega tarde o llega mal. Y en ambos casos, pierde credibilidad.

Pero la responsabilidad no se queda en el gobierno.

Del lado empresarial, Fernando Cano y el Grupo Hotelero 1800 han construido una narrativa de agravio: hablan de arbitrariedad, de falta de sustento técnico, de indefensión y de un golpe directo a la economía local. Incluso plantean que su modelo turístico contribuía al financiamiento de proyectos de conservación.

Sin embargo, hay un ángulo que incomoda y que pocas veces se dice con claridad: Cuatro Ciénegas también se ha convertido en un negocio millonario disfrazado de “sustentabilidad”. Mientras algunos empresarios se presentan hoy como víctimas, el modelo que operaron durante años se sostuvo bajo esa etiqueta, aprovechando un ecosistema único en el mundo como atractivo comercial. La narrativa de conservación sirvió para legitimar un esquema que, en la práctica, permitió explotar el recurso, restringir el acceso y mantener una rentabilidad constante bajo el argumento de proteger lo que, al mismo tiempo, se estaba presionando.

El problema es que ese discurso ya no alcanza para explicar lo que realmente está en juego.

Porque durante años, el desarrollo turístico en Cuatro Ciénegas siguió una lógica evidente: convertir un ecosistema único en un producto. Un producto atractivo, rentable… y también excluyente. Un modelo donde el acceso al agua, al paisaje y al territorio se volvió selectivo, condicionado por la capacidad de pago.

Y ahí es donde la crítica social —incómoda, dura, incluso radical en sus formas— empieza a tocar un punto que no se puede ignorar: ¿cuándo el turismo deja de ser desarrollo y se convierte en apropiación?

Las voces que hoy cuestionan no están hablando solo de una clausura. Están señalando algo más profundo: que en Cuatro Ciénegas se permitió que un Área Natural Protegida operara, en los hechos, bajo dinámicas privadas. Que el acceso a un ecosistema que debería ser de todos terminó siendo controlado por unos cuantos.

Y ese señalamiento no se desactiva con comunicados ni con posicionamientos. Se confronta con hechos. Y hoy esos hechos están bajo revisión porque algo, claramente, no cuadra.

En medio de esta confrontación hay un dato incómodo que nadie puede evadir: el sistema hídrico de Cuatro Ciénegas lleva años bajo presión. La sobreexplotación del acuífero, la actividad agrícola, el crecimiento turístico y la demanda constante han ido reduciendo el equilibrio natural del valle.

Y cuando el agua se vuelve insuficiente, alguien siempre se queda sin ella.

Por eso este cierre no es un hecho aislado. Es un punto de quiebre.

El problema de fondo es que todos jugaron a lo mismo: estirar el límite sin romperlo. La autoridad, permitiendo; los operadores, expandiendo; el discurso público, justificando bajo la narrativa del turismo sustentable. Hasta que el sistema dejó de aguantar.

Porque Cuatro Ciénegas no es cualquier destino. Es uno de los ecosistemas más frágiles y valiosos del planeta. Y aun así, se le exigió como si fuera infinito.

Se pretendió que el agua sostuviera todo al mismo tiempo: agricultura, turismo, desarrollo económico y conservación. Y eso, simplemente, no es viable. No lo era antes y hoy queda expuesto con claridad.

Por eso la clausura no es el problema. Es la consecuencia.

La verdadera pregunta es por qué se llegó a este punto. Por qué nadie puso un límite antes. Por qué la regulación fue laxa cuando convenía y estricta cuando el conflicto ya era inevitable. Por qué el modelo fue rentable mientras crecía, pero insostenible cuando se saturó.

Y sobre todo: quién va a asumir la responsabilidad.

Porque aquí no hay un solo culpable. Hay una cadena completa.

Autoridades que supervisaron sin corregir. Empresas que operaron al límite. Un sistema que privilegió la rentabilidad sobre la sostenibilidad. Y una realidad que hoy revienta en el peor momento posible.

Mientras tanto, el debate se reduce a quién pierde más: el turismo o el negocio. Pero la pregunta de fondo es otra.

¿Qué se protege primero cuando el recurso es limitado?

El agua, la economía o el acceso.

Porque en Cuatro Ciénegas ya no se trata de quién gana el debate.

Se trata de si todavía hay algo que salvar.

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