Cuando la flor pierde su esplendor
Sección Editorial
- Por: Ron Rolheiser
- 04 Agosto 2026, 00:00
Existe una diferencia entre estar en flor y dar fruto. Tomemos una flor como ejemplo.
Comienza como un pequeño capullo, apenas perceptible, y con el tiempo, en pleno florecimiento, se convierte en una hermosa flor. En su apogeo, resulta muy llamativa. Es su momento óptimo de belleza, de admiración y de gloria. Sin embargo, este no es su propósito final ni tampoco el momento de su plena madurez. En esta etapa aún no es plenamente fructífera, aunque su floración sea hermosa y aporte algo especial al mundo. Solo alcanza su plena fecundidad más tarde, cuando su flor se marchita al morir. Es entonces cuando la flor libera y esparce sus semillas para dar paso a una nueva vida.
Hay en esto una lección vital que nos cuesta comprender y aceptar. Entendemos la floración, pero no el marchitamiento; aceptamos la flor, pero no su marchitarse. Nos resulta casi imposible creer que los momentos en que más vida damos puedan llegar después del esplendor, precisamente cuando la flor se marchita.
Vemos el ejemplo primordial de esto en Jesús. Durante el apogeo de su ministerio —cuando gozaba de gran popularidad, obraba milagros, atraía a multitudes de miles de personas y la gente se agolpaba para tocarlo—, su ministerio estaba en plena floración. Era fructífero y ya daba vida a los demás, pero no de una manera tan profunda como cuando su ministerio se marchitó: cuando las multitudes lo abandonaron, cuando fue humillado y despreciado durante su pasión y cuando murió desvalido, abandonado por casi todos.
Al igual que una flor, en su muerte esparció las semillas de una nueva vida de un modo más profundo que cuando, metafóricamente, estaba en pleno esplendor.
El célebre místico san Juan de la Cruz utiliza esta metáfora como eje central de su espiritualidad. Él escribe: “El centro más profundo de un objeto es aquel que consideramos como el punto más lejano que puede alcanzar el ser, el poder, la acción y el movimiento de dicho objeto”. Para él —a diferencia de la concepción habitual que tenemos al respecto—, nuestro centro más profundo no es un rincón virginal en el interior de nuestro corazón y nuestra alma. No. Para san Juan de la Cruz, nuestro centro más profundo es el punto más avanzado de desarrollo natural (asistido por la gracia) que cualquier cosa o persona puede alcanzar en esta vida.
Para una flor, como vimos, este punto no es su momento de mayor esplendor, sino más bien aquel en que libera su semilla al marchitarse. Lo mismo ocurre con nosotros como seres humanos: nuestro centro más profundo no es nuestro apogeo, es decir, la belleza y la energía de nuestra juventud. Más bien, nuestro centro más profundo es la madurez plena que nuestra alma puede alcanzar en esta vida; por lo general, llegamos a ella algún tiempo después de que nuestro esplendor físico ha comenzado a marchitarse. Esto puede sonar algo mórbido, pero, visto con mayor profundidad, es todo lo contrario. Permítame un ejemplo:
Tomemos nuestro desarrollo sexual humano habitual. ¿Cuál es su centro más profundo?
Su centro más profundo no es su apogeo, es decir, esa etapa de la vida en la que nuestros cuerpos resultan más atractivos y nuestro deseo de mantener relaciones sexuales es más intenso. Tampoco lo es el momento posterior a haber engendrado nueva vida mediante la unión sexual, aunque esa sea una fecundidad maravillosa y uno de los propósitos fundamentales de Dios y de la naturaleza al crearnos como seres sexuales. Ese es un centro profundo, pero no el más profundo de la sexualidad.
¡No es bueno que el hombre esté solo! Nuestra sexualidad está destinada a llevarnos más allá de nuestra soledad. Por ello, nos impulsa incesantemente hacia afuera, más allá de nosotros mismos, hacia una comunidad de vida con los demás. Sin embargo, no es fácil superar la soledad. Podemos sentirnos muy solos incluso mientras mantenemos relaciones sexuales.
Como una vez me confesó un colega casado: “¿Qué hay más solitario que dormir solo? Dormir solo cuando no se está durmiendo solo”. Además, cuando nuestra sexualidad aún está en desarrollo, el impulso espontáneo es poseer la belleza en lugar de admirarla, y eso nos deja solos.
¿Qué nos lleva más allá de nuestra soledad? Contemplar la belleza y dirigirle una mirada pura de admiración. En ese instante, nuestro ego deja de separarnos de la unión con los demás y, por un momento, ya no estamos solos. Hemos alcanzado nuestro centro más profundo.
Nuestro centro más profundo como seres sexuales se alcanza cuando podemos mirar a otra persona (por ejemplo, a un hijo o a un nieto) y dirigirle una mirada pura de admiración. Es cuando podemos contemplar la energía y la belleza en su pleno florecimiento, y admirarlas y bendecirlas, al verlas tal como Dios vio la creación en sus orígenes: “¡Es buena! ¡Es muy buena!” En esa mirada de admiración, bendecimos la creación del mismo modo que Dios bendijo a Jesús en su bautismo con estas palabras: “¡Este es mi hijo amado, en quien me complazco!”.
Cuando estamos en pleno florecimiento, somos objeto de admiración; pero solo superamos verdaderamente nuestra soledad cuando contemplamos con admiración la energía y la belleza de los demás y de la creación, y pronunciamos espontáneamente palabras de bendición.
Ron Rolheiser, OMI
www.ronrolheiser.com
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