1. No. No se trata de un insulto gratuito (Intellectual Yet Idiot), sino de un término creado por Nassim Nicholas Taleb, autor del best seller El cisne negro —evento raro o inesperado, con un gran impacto y que, después de ocurrido, pareciera explicable—, y miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de New York. La expresión busca definir a los grandes gurús académicos y, sobre todo, financieros, que elaboran análisis y predicciones cada vez más alejadas de la realidad. Es una crítica a esos expertos con abundante currículum…
2. …que incluye estudios de posgrado, doctorados en universidades de prestigio y numerosas publicaciones en revistas especializadas, pero que carecen de contacto con la cotidianeidad de la vida. Se ven premiados por sus calificaciones en la escuela, pero no por la certeza de sus premoniciones; si se equivocan, por ejemplo, en el cálculo del precio del barril de petróleo para el año próximo, no pierden su plaza académica, mientras que la población sufre los efectos de sus errores. Pero, eso sí, su prestigio no provendrá de la validación de sus predicciones sino de la aprobación…
3. …de otros IYI. Se citan entre sí, se convocan a conversatorios —así se les dice ahora a los congresos—, se otorgan premios y crean círculos de expertos a los que solo ellos tienen acceso. No son humildes y jamás reconocen haberse equivocado. Lo curioso y peligroso es que llegan a ocupar puestos de dirección en empresas, instituciones de servicio y ministerios gubernamentales. Su arrogancia es monumental y desdeñan la experiencia del ciudadano de a pie, a quien tachan de ignorante. Dialogan con la computadora o el celular, no con la gente de la calle.
4. No se piense que estos intelectuales inorgánicos —a diferencia de los estudiados por Antonio Gramsci (1891-1937), orgánicamente ligados a un compromiso social y político, de derecha o izquierda— hibernan solo en elegantes oficinas de corporativos empresariales, o en lujosos despachos de secretarías estatales, o en cubículos plagados de libros en bibliotecas universitarias. No. Dado que ellos se sienten superiores a quienes solo terminaron la secundaria y tuvieron que trabajar como eventuales, están mucho más cerca de nosotros, que escribimos y leemos estos artículos.
5. Su problema, como puede ser el nuestro, consiste en el paulatino alejamiento de lo que a todo mundo interesa; en la utilización de un lenguaje tan complejo —aderezado con anglicismos— que excluye, y no incluye; en la posibilidad de inflar el ego, sintiéndonos poseedores de verdades absolutas; en la soberbia escondida que refleja nuestra sensación de superioridad; en el temor a la sencillez expresiva, por ser sinónimo de una supuesta simplificación argumentativa; en síntesis, en la incapacidad para escuchar, porque no es importante lo que nos puedan decir.
6. Quienes poseemos carreras universitarias y, todavía más, estudios de posgrado, bien haríamos en voltear menos a nuestro diploma colgado en la pared de la oficina o de la biblioteca hogareña, y más a la ventana que da a la calle. La academización, y más cuando llega a ser excesiva, siempre tiene además un riesgo: la pérdida de sensibilidad para lo cotidiano, lo coloquial, lo que en apariencia es intrascendente. Dedicarse tanto al “pensar” nos pone en riesgo de no “vivir”. No vaya a ser que terminemos como esos intelectuales, a quienes Taleb calificó de idiotas.
7. Cierre icónico. Los grandes pensadores del siglo XIX e inicios del XX, optimistas, imaginaron un mundo feliz gracias a los avances de la ciencia y la técnica. Se desilusionaron con las dos guerras mundiales y, en especial, con la bomba atómica. Algo semejante nos está pasando con los drones, supuestas joyas de la inteligencia artificial. En Ucrania, según The Economist, en los últimos tres meses se han llevado a cabo más de 22,000 misiones con artefactos no tripulados, drones y sistemas robóticos para mantener esta criminal invasión rusa. La tecnología se perfecciona para matar.
