1. Ayer, Miércoles de Ceniza, comenzó el tiempo cuaresmal, un largo camino hacia la Pascua —que es lo que debe significar la Cuaresma—, hacia el paso de la esclavitud a la libertad, del pecado a la vida de la gracia, de la muerte a la resurrección. En esta preparación de 40 días se nos invita a reforzar la oración, los sacrificios y, especialmente, las obras de caridad. Tales esfuerzos, a realizarse todo el año, pero en especial durante la Cuaresma, deben estar respaldados por una actitud de conversión que, en este 2026, tiene —creo— cinco dimensiones sociales. Veamos.
2. Convertirnos, en primer lugar, del egoísmo a la fraternidad, de esa actitud narcisista que sólo busca la satisfacción de las necesidades propias y que se ciega a atender problemáticas ajenas, sobre todo de personas que nos son desconocidas, como los migrantes y los marginados. Necesitamos superar este egoísmo que sólo conduce a la soledad y que se niega a disfrutar las riquezas de la vida comunitaria. La apertura a las necesidades de los demás permitirá, paradójicamente, que mis problemas también se vean encaminados a una solución.
3. Convertirnos, por otra parte, de la indiferencia a la compasión, de esa insensibilidad que no nos permite vibrar con las tragedias de tantas personas que viven sumidas en la marginación, del “me-importa-sólo-lo-mío” a atender, con compasión, lo que también es relevante para los demás. Pero entendiendo, en su sentido original, la compasión como un “padecer-con” la otra persona: ponerse en sus zapatos, tratando de pensar y de sentir lo que ella piensa y siente. Tal dimensión misericordiosa es particularmente importante en la Cuaresma, pero también durante todo el año.
4. Convertirnos, además, de la inmoralidad a la moralidad, pero con justicia social. No se trata de dejar atrás sólo problemáticas personales que se refieren a nuestra intimidad, sino de desterrar prácticas culturales como la corrupción y el fraude, la mordida y la evasión, la injusticia institucionalizada, el chisme destrozador de famas y dignidades. Una moral social que nos lleve a considerar la función pública como verdadero servicio, y no como la oportunidad para lucrar y enriquecerse a costa del erario, que se traduzca en una honestidad a prueba de sobornos.
5. Convertirnos, en cuarto lugar, del protagonismo al servicio desinteresado, pues muchas de nuestras acciones en beneficio de l@s demás parecieran necesitadas de reflectores, del reconocimiento público. ¿Cuántas de nuestras campañas recolectoras de víveres o medicamentos, de juguetes o cobijas, están manchadas por este deseo de destacar, de exhibirnos como personas generosas, de mostrarnos a los cuatro vientos, alardeando un servicio que debería permanecer oculto? La Cuaresma nos invita a ser generosos, pero sin ostentación.
6. Convertirnos, por último, de la tibieza a la santidad, de esa mediocridad que no nos permite superarnos, ni en nuestros proyectos personales ni en nuestras competencias laborales. Ideas ya establecidas en las empresas e instituciones de servicio, como la calidad total y la mejora continua, deben formar parte fundamental de cualquier aspiración a la santidad, entendida esta no como el cumplimiento de determinadas normas, sino como la resignificación de lo que hacemos ordinariamente. No se trata de dejar de hacer lo que siempre hacemos, sino de hacerlo cada vez mejor.
7. Cierre icónico. De niño me gustaba disfrazarme de Batman, mientras que mi hermano menor lo hacía de Robin. A lo largo de los años he vestido diferentes uniformes, deportivos y religiosos, pero nunca se me ocurrió transformarme en algún animal. Por ello, me llama la atención el surgimiento de los Therian —de therion, bestia, y anthropos, ser humano— en muchos adolescentes, que se identifican con animales y hasta los imitan. Los especialistas discuten si se trata solo de un juego más o de la búsqueda de una identidad perdida. Sea lo que sea, algo nos quieren decir con esta moda.
