Opinión

¿Cultura del crimen organizado en Monterrey?

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 04 Septiembre 2026, 04:59

¿Qué pasa cuando tienes tanto dinero que puedes comprar todo menos que te acepten? Puedes comprar mansión, Ferrari, Cartier, el palco, viaje a Aspen. Puedes tener diez veces más dinero que las personas con las que quieres convivir. Pero llegas a la fiesta en San Pedro y descubres que hay algo que sigue sin estar en venta: pertenecer.

Esto ocurre con muchos nuevos ricos en Nuevo León. Pero hay un caso extremo: el junior del jefe narco. El hijo de un narcotraficante puede crecer rodeado de una riqueza que difícilmente conocerá la mayoría de los nuevoleoneses. 

Cuando intenta entrar a determinados círculos sociales descubre una frontera invisible. Puede estar sentado en la misma mesa, pero no pertenece a ella.

Y para entender este fenómeno generador de resentimiento social, hay que ir a un libro publicado en Francia hace casi cincuenta años La distinción, de Pierre Bourdieu. 

Bourdieu me descubrió que las clases sociales no se distinguen solamente por el dinero y que hay personas que tienen mucho ingreso y, sin embargo, no son consideradas parte de la élite. 

¿Por qué? Porque existe otro capital: el capital social, los códigos. Cómo hablas, cómo te vistes, qué comes, a dónde viajas, qué vino escoges, qué cosas exhibes y cuáles jamás exhibes. 

Alguien con dinero puede comprar una botella de vino de $150,000 pesos. Alguien con capital cultural sabe cuál pedir sin mirar primero el precio.

¿Qué es el capital social? A quién conoces, quién conoció a tu padre, en qué colegio estudiaste, con quién creciste, a qué casa puedes llegar sin anunciarte, quién te invita a una boda y quién aceptaría que te casaras con su hija. 

Una cosa es que te inviten y otra muy diferente es que te acepten. El nuevo rico puede comprar una casa en el mismo fraccionamiento, mandar a sus hijos al mismo colegio, vacacionar en los mismos lugares, comer en los mismos restaurantes, pero hay un momento en el que descubre que sigue existiendo una distancia. Una mirada. Una broma que no entiende. Una invitación que no llega. Una familia que acepta al amigo, pero no quiere al yerno. Se le llama proximidad sin pertenencia.

Pienso en lo que esto significa para alguien que ha crecido aprendiendo que el dinero y el poder consiguen prácticamente cualquier cosa: funcionarios, policías, empresarios, favores, propiedades, silencios. Entonces descubre algo que no puede ordenar que le entreguen: prestigio. 

Puede mirar al chavo de Arboleda sentado enfrente y pensar: “Yo tengo diez veces más dinero que tú”. Y probablemente sea cierto. Pero el otro tiene algo que él no posee. No necesita demostrar quién es. Pertenece.

Ahí aparece una de las grandes intuiciones de Bourdieu. El privilegio más sofisticado no consiste en conocer los códigos, sino en que parezca que nunca tuviste que aprenderlos. 

Por eso el nuevo rico muchas veces exagera aquello que pretende demostrar: el reloj demasiado grande, la Lincoln blindada. Quiere comunicar: “Ya llegué”. Pero ocurre algo cruel: aquello que utiliza para demostrar que llegó es lo que permite a los demás identificar que acaba de llegar. 

El regiomontano de abolengo puede hacer exactamente lo contrario. Puede llevar un reloj discreto, manejar un automóvil que no llama la atención, no fotografiar la botella, no publicar el viaje en Facebook o Instagram. Puede darse el lujo de no demostrar nada. 

Para acabar pronto, unos tienen los códigos y otros intentan aprenderlos. Unos pertenecen y los otros quieren pertenecer. 

Pero en Monterrey, San Pedro, en las esferas altas de Nuevo León —como en otras zonas de México— está ocurriendo algo más siniestro. Los excluidos comenzaron a construir sus propios códigos de prestigio la cultura “narca”. 

El narco como una idea distorsionada del éxito: los narcocorridos, los corridos tumbados, la estética buchona, las cadenas, los relojes, las marcas, la cirugía estética convertida en símbolo de estatus.

La manera de hablar, la forma de caminar, la manera de mostrar el dinero. El “jefe”, el “patrón”, los “plebes”, el “fierro”, el “alucín”, la “plaza”. 

Son expresiones que no siempre nacieron con el narcotráfico, pero que con ese universo sórdido se resignificó o popularizó.

Ahora pasa que personas sin ninguna relación con el narcotráfico comienzan a utilizar esos códigos. El muchacho de clase media escucha narcocorridos. La muchacha que jamás ha tenido contacto con un narcotraficante puede adoptar una estética asociada al mundo buchón. 

El narco dejó de exportar solamente coca y fentanilo. Empieza a exportar prestigio exótico.

Ya no solo tenemos al junior del narco tratando de parecerse al joven de la élite regiomontana. Ahora podemos tener al joven de la élite regia escuchando la música del junior del narco, utilizando su jerga, imitando sus gestos, adoptando sus símbolos impostados. 

Quien quiere entrar comienza a modificar la cultura de quienes no querían dejarlo entrar. El poder simbólico es el nombre del juego. 

Eso cambia la ecuación. La cultura “narca” deja de ser resultado de una actividad criminal solamente y se convierte también en una disputa por los espacios de quien merece admiración, quien es poderoso, cómo luce el éxito, qué significa ser respetado. 

¿Qué ocurre cuando el nuevo rico deja de avergonzarse por no dominar los códigos de la élite? ¿Qué pasa cuando ya no quiere entrar al club?

Y es que quizá, pero solamente quizá, el día en que una cultura criminal ya no necesite obligarte a obedecerla porque ha conseguido que quieras imitar sus símbolos, estaremos frente a una forma de poder mucho más profunda e irreversible. Cuidado con eso.

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