Opinión

De Ceuta a Monterrey

Sección Editorial

  • Por: Eloy Garza
  • 21 Septiembre 2026, 00:00

¿Qué detona una crisis migratoria? Lo pienso mientras sobrevuelo Ceuta en una avioneta que inspira menos confianza que algunas políticas migratorias. 

Desde arriba, la respuesta me resulta aparentemente más sencilla: una crisis comienza cuando la gente llega más rápido de lo que el Estado puede reaccionar. 

Es un problema de velocidad, a mi juicio, pero sobre todo de poder. 

¿Cuántas personas puede recibir una ciudad antes de que su gobierno deje de construir al mismo ritmo que crece su población? ¿Cuántas viviendas, escuelas, hospitales, tuberías, camiones y calles pueden adaptarse antes de que la realidad cruda y jodida llegue primero? 

Mi pregunta parece lejana allá en Monterrey. ¿Lo es? O Ceuta acaba de responderla de la peor manera.

Informamos viajar desde Loma Colmenar hasta El Tarajal. España y la Unión Europea terminan literalmente frente a Marruecos. 

Basta mirar por la ventanilla: de un lado está Europa; del otro, África. En medio hay unos cuantos metros, una frontera, policías, cámaras, vallas y un mar que es puerta y muchas veces cementerio. 

A finales de julio de 2026, decenas de miles de personas intentaron entrar desde Marruecos en una ciudad de apenas 83,000 habitantes. Terrible. 

Las estimaciones de aquella entrada se movieron alrededor de las 80,000 personas. Casi otra Ceuta tratando de entrar en Ceuta. 

Muchos cruzaron a nado, bordeando el espigón del Tarajal. Otros utilizaron distintos puntos de la frontera. Hubo familias, jóvenes y menores. También hubo muertos. 

El gobierno ceutí elevó a 88 el número de fallecidos. Pedro Sánchez habló de una violación de la integridad territorial de España y el Estado movilizó las Fuerzas Armadas. 

Miles regresaron a Marruecos. Cincuenta días después, más de 10,000 personas seguían en Ceuta según estimaciones publicadas. 

10,000 personas en una ciudad de 83,000.

Semanas antes, una sentencia del Tribunal Supremo había limitado la aplicación de las llamadas devoluciones en determinados casos de personas que llegaban a nado. Después, comenzaron a circular fake news en redes sociales que convertían una resolución judicial compleja en la promesa de “entra y podrás quedarte”. 

Tanta desinformación contribuyó a estimular los cruces. Marruecos rechaza haber provocado la crisis. España es dueña de la frontera, pero no controla todo. Para eso necesita a Marruecos. 

Una frontera puede ser una línea dibujada en un mapa, pero su funcionamiento depende de quién controla el territorio que está del otro lado. 

Y mientras veo la catástrofe por la ventanilla de la nave, pienso en Monterrey. No porque Nuevo León esté cerca de convertirse en Ceuta. 

No porque los casi siete millones de habitantes hacia los que avanza el estado sean producto de la migración internacional irregular. 

El crecimiento demográfico, la migración interna mexicana y la migración internacional son fenómenos distintos. Pero todos terminan tocando la puerta del gobierno. 

Monterrey atrae empleo y el empleo atrae población. Ese ha sido uno de nuestros grandes éxitos. Puede convertirse también en uno de nuestros grandes problemas. Cada trabajador que llega necesita empleo, pero también techo, agua, drenaje, electricidad, transporte, escuela para sus hijos, hospitales, seguridad y calles. 

Más del 40% de quienes se han mudado recientemente a Monterrey lo hicieron por razones laborales, y estimaciones del sector vivienda han situado alrededor de 28,000 unidades anuales la necesidad de vivienda económica. 

Hago la división: son 77 viviendas diarias.

Si las casas no se construyen cerca de los empleos, la gente se va a la periferia. Si se va a la periferia, aumentan las distancias. Si aumentan las distancias, revientan las avenidas y el transporte. Si aparecen nuevos asentamientos, hacen falta tuberías, drenaje, escuelas, clínicas, policías y rutas de camiones. 

El empleo puede crecer a ocho, pero si la vivienda crece a cuatro, la ciudad acumula una factura. Y algún día alguien tendrá que pagarla: los regiomontanos. 

Nuevo León dejó de ser territorio de paso para la migración internacional. Para una parte de quienes llegan se ha convertido en lugar de estancia y destino laboral. 

Cambian las rutas, cambian las políticas estadounidenses, cambian las redes de tráfico, cambia la economía y cambia la vigilancia. Lo que hoy baja, mañana puede volver a subir. Ceuta muestra lo rápido que puede ocurrir.

¿Cuántas personas extras puede absorber cada año el área metropolitana de Monterrey sin deteriorar sus servicios? ¿Cuántas viviendas necesitamos construir y dónde? ¿Cuántos litros adicionales de agua serán necesarios? ¿Cuántas aulas? ¿Cuántas camas hospitalarias? ¿Cuántas horas más puede soportar una persona para trasladarse de su casa al trabajo antes de que el supuesto éxito económico comience a parecerse demasiado al fracaso urbano? 

Se trata de comprender que recibir población sin construir infraestructura suficiente termina perjudicando primero al que menos tiene. Del albergue temporal al empleo estable hay un trecho. Del empleo a la vivienda hay otro. Y de la vivienda a una verdadera ciudad hay uno todavía mayor. Ceuta tuvo que descubrirlo brutalmente cuando decenas de miles de personas aparecieron prácticamente de golpe frente a una administración diseñada para otra escala. 

Nuevo León todavía tiene algo mucho más valioso que cualquier presupuesto: tiempo para calcular, construir y anticipar. 

Mientras descendemos a nivel del desastre en Ceuta, cavilo que las ciudades no colapsan cuando llega gente más rápido de lo que el gobierno construye ciudad. 

Ceuta ya aprendió esa diferencia. Y es que quizá, pero solamente quizá, el verdadero problema migratorio de Nuevo León todavía no haya llegado. El problema será descubrir que, cuando llegue, nosotros sigamos creyendo que vivimos en la misma ciudad. Bajamos de la nave y comienza el dolor de analizar y de asimilar el sufrimiento ajeno. Ya lo contaremos.

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