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Opinión

México no está en recesión… y eso es lo preocupante

Inteligencia Financiera Global

México no está en recesión. Esa es la buena noticia.

Crecimos alrededor de 0.8% el año pasado. No hubo contracción técnica, no hay desplome como en 2009 ni como en la pandemia. Las cifras oficiales permiten decir, con toda formalidad estadística, que el país sigue avanzando.

Y, sin embargo, algo no cuadra.

El empleo formal cayó durante casi todo el año. Disminuyó el número de patrones registrados ante el IMSS. La inversión privada nacional se contrajo. La informalidad continúa expandiéndose. Y, mientras tanto, el discurso oficial insiste en que vamos mejor que nunca.

Aquí es donde conviene detenerse.

Porque el problema de México no es un colapso súbito. No es una crisis espectacular. No es una recesión evidente que obligue a corregir el rumbo.

El problema es algo más silencioso: un estancamiento que se disfraza de estabilidad.

Se presume un “récord histórico” de inversión extranjera directa. Es cierto que el dato de 2025 fue bueno. Pero no fue el más alto de la historia, aunque así se haya presentado. Y, más allá de la cifra puntual, lo verdaderamente importante es otra cosa: esa inversión no está generando el dinamismo suficiente para sacar a la economía del crecimiento mediocre.

Si un país recibe miles de millones de dólares y, aun así, apenas crece alrededor de 1%, el debate no es celebratorio. Es estructural.

La inversión privada nacional —la que nace dentro del país, la que arriesga capital mexicano— está debilitándose. Y eso sí debería encender focos rojos.

Invertir productivamente es lo más riesgoso que existe. Quien emprende arriesga su patrimonio y su tiempo con la esperanza de obtener utilidades proporcionales al riesgo asumido. Pero, cuando el entorno se vuelve más incierto, más regulado, más costoso y más politizado, el incentivo natural no es invertir más, sino retraerse.

La economía no responde a discursos. Responde a incentivos.

Y los incentivos hoy no están alineados con el crecimiento sostenido.

Se han incrementado los costos laborales por decreto. Se ha ampliado la regulación. Se ha concentrado poder político. Se han debilitado contrapesos institucionales. Se ha normalizado el déficit público como herramienta permanente. Todo ello puede ser defendido políticamente, pero tiene consecuencias económicas inevitables: eleva la percepción de riesgo.

El resultado no es un desplome inmediato. Es una economía que avanza cada vez más despacio.

Mientras tanto, el mercado laboral ofrece otra señal preocupante. El empleo formal no crece con la fuerza necesaria. El número de patrones registrados disminuye. Cada vez más personas se mueven hacia la informalidad. Más de 60% del empleo en México ya es informal.

Eso no es desarrollo. Es supervivencia.

Se está configurando un país partido en dos. Por un lado, grandes empresas altamente capitalizadas, automatizadas e integradas a cadenas globales, que contratan menos personal, pero con mayor productividad. Por el otro, millones de personas atrapadas en micronegocios de subsistencia, sin acceso real a financiamiento, sin seguridad social y con ingresos limitados.

No es una catástrofe visible. Es una erosión lenta.

A esto se suma un fenómeno global que golpeará con fuerza particular a México: la automatización. Estudios recientes estiman que hasta 30% del empleo formal podría verse desplazado por inteligencia artificial y robotización en los próximos años. Las grandes empresas podrán adaptarse. Las pequeñas y medianas, no necesariamente.

El riesgo es claro: menos formalidad, más informalidad, menor productividad promedio y, por lo tanto, menor crecimiento potencial.

No es una espiral hacia el colapso inmediato. Es algo más peligroso: la normalización del bajo crecimiento.

México no se está desplomando como otras economías latinoamericanas en crisis. Pero tampoco está convergiendo hacia el dinamismo de Estados Unidos. Se está quedando en medio, atrapado en una especie de mediocridad estructural.

Y el estancamiento prolongado es más dañino que una crisis breve, porque adormece la urgencia de reformar.

Esto no significa que el país esté condenado. Tampoco implica que el ciudadano común no pueda prosperar. La macroeconomía puede ser débil y, aun así, individuos y empresas pueden crecer si entienden las reglas del juego, si invierten con criterio, si diversifican y si evitan caer en espejismos financieros que prometen rendimientos imposibles.

Pero el entorno importa. Y hoy no está favoreciendo la inversión productiva doméstica ni la formalización.

México no está en recesión. Esa es la frase que tranquiliza.

Lo inquietante es que, aun sin recesión, el país parece estar aceptando como normal crecer poco, formalizar menos y depender más de actividades de subsistencia.

Eso no es una crisis espectacular.

Es algo más sutil.

Es un país que empieza a acostumbrarse a no despegar.

Y cuando un país se acostumbra a eso, el mayor riesgo no es el colapso, sino la resignación.

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