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Opinión

De un veterano de la CIA a los regiomontanos

Agenda Poder

El veterano de la CIA, amigo mío, me lanzó una advertencia:

—Tu mayor riesgo como analista, Eloy, no es que te falte información. Es que estés convencido de haber entendido todo demasiado pronto.

Estábamos ayer en un departamento de Miami, frente a la bahía.

En la CIA enseñan cómo un agente, por más adiestrado que esté, puede equivocarse cuando trabaja con rumores, filtraciones, datos incompletos y versiones interesadas.

Le pregunté si le había pasado a él estando en activo y me respondió que muchas veces. Podían cambiar las tecnologías, pero los sesgos humanos son prácticamente los mismos. 

Los analistas como yo, pero también los agentes de inteligencia como él e incluso muchos empresarios, no observamos la realidad de manera neutral. La interpretamos desde creencias previas, experiencias, prejuicios y modelos mentales que rara vez sometemos a revisión.

El veterano de la CIA me lo sintetizó con crudeza:

—Primero construimos una explicación. Después buscamos datos para defenderla.

Ese mecanismo se llama sesgo de confirmación. Ocurre cuando un periodista cree que existe una bronca entre dos políticos aliados y convierte cualquier gesto en una prueba: una ausencia a un evento, una declaración rara, una imagen retirada de Facebook o una reunión privada.

También pasa cuando un agente de inteligencia supone que un país como México está a punto de sufrir una ofensiva de una potencia extranjera y comienza a interpretar cada movimiento militar como confirmación.

Y sucede cuando un inversionista se enamora de unas acciones en venta y considera cada caída en el precio de esa empresa como una oportunidad de oro para comprar.

Tres profesiones distintas. El mismo problema mental.

—¿Cómo lo evito? —le pregunté.

—No se evita. Se previene. De hecho, hay una herramienta que tiene muchos años en la CIA denominada “Análisis de Hipótesis en Competencia”. Su principio es sencillo: antes de concluir, hay que plantear varias explicaciones posibles y comparar cada evidencia contra todas ellas.

Supongamos que aumentan los decomisos de combustible ilegal. O sea, de huachicol. Una explicación sería que el gobierno de Sheinbaum está combatiendo con éxito el huachicol.

Pero existen otras explicaciones posibles. Igual de válidas. Puede haber aumentado el contrabando. Puede tratarse de una campaña mediática. Puede existir una guerra entre narcos. O quizá una red esté siendo golpeada para proteger a otra.

El error consiste en elegir la primera explicación y comenzar a reunir argumentos a su favor.

—Ya te entendí —le dije—. No se trata de buscar las pruebas para que mi hipótesis sea correcta, sino al revés, de preguntarme qué podría demostrar que es falsa.

Un discurso contra la corrupción, por ejemplo, de un senador al que le encanta presumir en Instagram, puede ser compatible con casi cualquier escenario: combate real, simulación, intención electoral o encubrimiento. Por eso tiene escaso valor probatorio.

En cambio, detener a beneficiarios de alto nivel, asegurar activos, cancelar permisos y procesar a integrantes del propio grupo político implica costos. Los hechos costosos dicen más que las declaraciones. ¿Ya me explico?

Lo que dice este veterano es una lección para el periodismo regiomontano, que es el que me interesa porque formo parte de ese ecosistema.

Una grabación, una filtración o un testimonio pueden producir una nota o una columna de prensa fregona. Pero no son forzosamente verdaderos.

Los periodistas trabajamos con fuentes que casi siempre tienen intereses. Un funcionario filtra un chisme para golpear a un rival. Un empresario entrega documentos para protegerse. Un operador político le desliza una exclusiva a Eloy para instalar una narrativa.

Por eso hay que separar tres niveles: lo que sabemos, lo que inferimos y lo que opinamos.

Si un político poderoso, de esos que salen en los panorámicos, se reúne con un adversario político, ese es el hecho.

Que esté preparando una traición es una inferencia tuya.

Que el gobierno esté a punto de quebrarse es una opinión. El problema comienza cuando los tres niveles se presentan como si fueran lo mismo.

¿El método también les sirve a los inversionistas de San Pedro? A los inteligentes, sí. A los imbéciles (que también los hay), no.

Quien decide colocar dinero en una empresa debería preguntarse antes qué alternativas existen: ¿la empresa está subvaluada? ¿El mercado exagera un problema temporal? ¿Los buenos resultados son sostenibles? ¿La tesis depende de una sola cifra, de un simple asesor financiero rollero (abundan) o de un informe demasiado optimista?

Por eso, es más conveniente retirar mentalmente la principal evidencia y observar qué queda.

Si una conclusión se derrumba al eliminar una sola fuente, un documento o una cifra, entonces no estamos ante una tesis sólida, sino ante una apuesta frágil.

—¿La experiencia no protege contra estos errores? —le pregunté.

—Claro que no, Eloy. A veces los agrava. El experto reconoce patrones rápidamente. Ésa es su ventaja. Pero también puede seguir viendo un patrón pasado de moda cuando la realidad ya cambió.

Un periodista puede continuar interpretando al crimen organizado como un poder externo que corrompe al Estado, cuando en algunas regiones ya participa en nombramientos, decisiones y presupuestos y pone refinerías clandestinas casi a la vista de todos.

Un inversionista puede confiar en una empresa porque durante años produjo utilidades, aunque su sector esté entrando en decadencia, como pasa con varias en Nuevo León. Eso lo platiqué en una entrevista que le hice hace poco a Emmanuel Loo.

La experiencia ayuda, pero también puede joder los modelos mentales.

—¿Y si alguien sabe bien cómo piensas y utiliza tus sesgos cognitivos para manipularte una conclusión? —le pregunté.

El veterano me respondió que los operadores políticos y los servicios de inteligencia no siempre necesitan fabricar una mentira completa. Basta con dar un empujoncito a lo que el periodista desea publicar, a lo que el agente espera descubrir o a lo que el inversionista quiere creer.

—La manipulación más eficaz no es la que te obliga a cambiar de opinión —dijo el veterano—. Te confirma lo que ya pensabas. Incluso ahorita no creas en todo lo que te dije.

Antes de salir, me dio una última advertencia: 

—No creas todo lo que te dije.

—¿Por qué?

—Porque acabas de escuchar una sola hipótesis; una sola versión.

Bien lo decía mi padre: en tu oficio, no confíes ni en tu propia sombra.

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