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Opinión

Desde Robinson Crusoe sabemos que las islas no producen imperios. Producen sobrevivientes

Comentarista de Azteca Deportes

Cabo Verde nació en un lugar donde resistir siempre ha sido más importante que conquistar. Los archipiélagos enseñan otra forma de habitar el mundo: allí los recursos son escasos, el horizonte es inmenso y la resistencia deja de ser una virtud para convertirse en una necesidad.

Tal vez por eso, durante más de noventa minutos, un puñado de islas obligó al campeón del mundo a vivir como un náufrago. Argentina tuvo el balón; Cabo Verde tuvo la voluntad. El imperio encontró enfrente a un sobreviviente.

Y nosotros asistimos, probablemente, al mejor partido de este Mundial. Una experiencia desquiciante, inmersiva, convulsa, existencial y asfixiante, en la que Argentina jugaba para clasificar… y Cabo Verde para existir.

Las doce de la noche terminaron por llegar. Durante más de noventa minutos, Cabo Verde creyó que los cuentos también podían escribirse sobre el césped. Resistió con una convicción conmovedora, obligó al campeón del mundo a caminar por el borde del precipicio y convirtió cada minuto en una declaración de rebeldía. Pero, como ocurre en los grandes relatos, el reloj también juega. Y cuando sonó su última campanada, Argentina encontró el camino para seguir adelante.

La victoria fue agónica. Dolorosa. Sudada. Mucho más cercana al alivio que a la celebración. La Albiceleste avanzó, pero lo hizo después de descubrir que la historia pesa menos que la voluntad cuando comienza el partido. El campeón necesitó todo su oficio para doblegar a un rival que jamás aceptó el papel de víctima.

Sin embargo, la gran noticia no fue únicamente la clasificación argentina. Fue la consagración moral de Cabo Verde. Un archipiélago de poco más de medio millón de habitantes que volvió a demostrar que el tamaño de un país nunca determina el tamaño de su espíritu. Defendió cada balón como si defendiera una frontera. Corrió como si el cansancio fuera un lujo reservado para otros. Y recordó al mundo una verdad que este torneo repite una y otra vez: cuando la voluntad se impone, desaparecen los equipos pequeños.

Los Tiburones Azules abandonan el torneo, pero lo hacen dejando una huella mucho mayor que muchos vencedores. Durante una noche pusieron contra las cuerdas al vigente campeón del mundo. Le arrebataron la tranquilidad, lo obligaron a dudar y estuvieron a unos cuantos instantes de protagonizar una de las mayores gestas que recuerde este campeonato.

Argentina sigue viva. Cabo Verde también. Una lo hace en el cuadro de eliminatorias. La otra permanecerá en la memoria. Porque hay derrotas que engrandecen más que muchas victorias. Y porque esta noche, aunque el reloj terminara alcanzando a la Cenicienta, nadie podrá borrar el instante en que hizo creer al mundo entero que los milagros también podían vestirse de azul.

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