Hoy en día se está volviendo cada vez más aceptable, tanto en la política como en el discurso general, hablar de la fuerza bruta, la coacción y el poder humano como las fuerzas que necesitamos para guiar nuestras vidas. De hecho, la empatía se menciona explícitamente, a veces, como una debilidad.
Una cosa es que la gente diga que la fuerza, la coacción y el poder son, de hecho, lo que gobierna el mundo; sin embargo, es peligrosamente erróneo intentar encubrir esto con un manto cristiano. En resumen, esto es la antítesis de Jesús, como lo dejan claro los Evangelios.
Así es como los Evangelios definen la fuerza y la debilidad.
Durante siglos, el pueblo elegido, sintiéndose oprimido, anheló y oró por un Mesías de Dios que vendría blandiendo una fuerza imponente, que vencería a sus enemigos, les traería prosperidad y los uniría en comunidad mediante una fuerza y un poder sobrehumanos. Mas eso no fue lo que obtuvieron.
Contra todas sus expectativas, cuando finalmente se respondieron sus esperanzas y oraciones, su anhelado Mesías apareció no como un ser sobrehumano, sino como un bebé indefenso, incapaz de alimentarse por sí mismo, incapaz de valerse por sí mismo hasta la edad adulta.
Es cierto que, de adulto, realizó milagros y a veces mostró una fuerza y un poder sobrenaturales. Sin embargo, el poder que mostró en sus milagros nunca fue político, militar ni físicamente intimidante. Sus milagros siempre fueron manifestaciones de la compasión y la fidelidad de Dios.
Hay un interesante juego de palabras en los Evangelios cuando hablan de “poder” o “autoridad”. Utilizan tres palabras griegas diferentes: a veces se refieren al poder como energeia, el tipo de poder que un atleta de élite puede aportar a un campo de juego; y a veces el poder se denomina dynamis, el tipo de poder que una estrella de rock puede aportar a un escenario. Sin embargo, cuando los Evangelios se refieren a Jesús como poderoso o con autoridad, nunca usan estas palabras. En cambio, usan la palabra exousia (para la cual no tenemos equivalente en español), aunque sí tenemos un concepto de ella.
Exousia es el poder paradójico que un bebé aporta a una habitación. A primera vista, parece impotencia, más en última instancia es el mayor poder de todos: la vulnerabilidad, el poder moral para crear intimidad. En pocas palabras, si ponemos a tres personas en una habitación —un atleta en la cúspide de su destreza física, una estrella de rock capaz de electrizar un estadio con su energía y un bebé—, ¿quién tiene, en última instancia, más poder? Jesús responde a esa pregunta.
Lo vemos claramente en la forma de su muerte. Mientras cuelga de la cruz, sufriendo y humillado, es objeto de burlas: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz. Si tienes poder divino, ¡muéstralo!”. Jesús no cae en la trampa. En lugar de demostrar el tipo de poder que nos gusta creer que Dios debería usar, Jesús recurre a otro poder, uno superior. En su impotencia, entrega su espíritu con amor y empatía y, en ello, nos muestra el lugar donde nace la intimidad.
Además, Jesús no podría ser más claro en su enseñanza. Como deja claro en el Sermón de la Montaña (quizás el código moral más grande jamás escrito), la fuerza, el poder y la violencia humana no son lo que trae el reino. ¿Qué crea comunidad e intimidad entre nosotros?
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5, 3-11)
Desafortunadamente, hoy en día, en nuestra política y en nuestro discurso público —que lamentablemente a menudo carece de civismo—, la gente deposita cada vez más su fe en el poder humano bruto: poder político, poder económico, poder militar, poder de las redes sociales, privilegio histórico. Estos, como afirman muchos políticos, son lo real. Son los que deciden las cosas en el mundo. Son los fuertes, los poderosos y los ricos quienes heredarán las cosas buenas de esta tierra. Aquellos que son pobres de espíritu, que lloran, que son mansos, que son misericordiosos y que son perseguidos, se quedarán sin nada. Y, subyacente a esto, está la creencia de que la empatía es una debilidad. ¿Qué se puede decir ante esto? ¿Cuál debería ser la respuesta cristiana?
Desde el comienzo de la vida humana en este planeta, la fuerza bruta y el poder siempre se han hecho sentir y a menudo han sido una fuerza dominante en la configuración de la historia. Los mansos no siempre han heredado la tierra (al menos no esta tierra). Y hoy, los mansos están siendo amenazados por todos lados.
Sin embargo, independientemente de su conveniencia política o económica, este tipo de fuerza y poder brutales no pueden ampararse en Jesús y los Evangelios. Son la antítesis de Jesús y los Evangelios.
Ron Rolheiser. OMI
www.ronrolheiser.com
