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Opinión

Doctors Hospital Auna: #TodosSomosAlena

Luz sobre luz

La mala experiencia vivida por una joven regiomontana en un hospital privado de Monterrey —el Doctors Hospital Auna—, en la que denunció haberse convertido en “rehén” de la institución para pagar la cuenta y haber tenido que pasar una noche extra con cargo al seguro de gastos médicos, resonó rápidamente en la comunidad. Por eso su caso se volvió viral: porque casi todos nos identificamos con ella.

Y es que, ¿quién no ha vivido una situación injusta o de abuso en algún hospital privado o con alguna aseguradora en un momento de mucha vulnerabilidad y fragilidad? Lo que lo hace doblemente indignante.

Así, de las diversas anomalías que reportó esta chica de Monterrey, Nuevo León, de nombre Alena Kharissova —como que le falsificaran firmas para autorizar cargos (tema gravísimo), o que le facturaran servicios como el quirófano, que no utilizó—, la que particularmente generó recordación —por su cercanía— fue la de que le cobraran una caja de Pepto Bismol con 24 pastillas en $6,600 pesos, cuando esa misma cajita cuesta $96 pesos en farmacias y tiendas de conveniencia.

Y ése es justamente uno de los ejemplos donde hay que prestar más atención, porque destapa toda esta “cloaca” gravísima que ya se investiga a nivel nacional: los posibles cobros fraudulentos —o cuando menos, excedidos— en los servicios hospitalarios que le facturan al seguro de gastos médicos mayores.

Para el hospital, es fácil cobrar todo lo que pueda en esa cuenta, porque el paciente difícilmente reclama, pues “lo paga su seguro”. Si utilizan una jeringa, bien puede cobrar todo el paquete —y a precios infladísimos, como con el Pepto—, al cabo “nadie vio y nadie supo”.

A quien esto escribe le ha tocado ver casos donde fue hospitalizada una persona con cáncer, por ejemplo, en los que una ristra de doctores se aproximaban al paciente en diferentes momentos del día, lo saludaban efusivamente y preguntaban por su salud; incluso le daban palmaditas en la espalda.

La primera vez que vi eso pensé: “Caray, qué médicos tan atentos y humanos”. Pero cuando revisamos la cuenta del paciente, cada uno de esos “saludos” había sido cobrado puntualmente —y bastante caro— al precio de una consulta médica. ¡Imagínese usted! Los doctores haciendo su “agosto” saludando a numerosos pacientes en el día para que les cuenten como consultas pagadas. A lo que hemos llegado.

Y ese es el tenor de muchas estancias en los hospitales privados: para muchos, los pacientes se han convertido en mercancías, y ya no en humanos, como dijo recientemente Rodrigo García, director del Clúster de Salud de NL, en una entrevista a El Horizonte.

Igualmente, en sus consultorios, muchos médicos ya son básicamente agentes de ventas de las farmacéuticas. Les importa menos el ponerle corazón al diagnóstico que simplemente tratar todo con fármacos “by the book”, recomendando inclusive ciertas marcas de medicamentos, para después conservar las recetas como “prueba de sus ventas”, ante lo cual los laboratorios los premian con viajes y regalos.

Y la Big Pharma, por su parte, genera miles de millones de dólares en las líneas de producción más redituables, como la oncología y lo cardiovascular, donde pareciera que desarrollan medicamentos que, más que curar, prolongan la vida —y la enfermedad—, garantizando que el paciente se vuelve cliente permanente de sus productos. Así de triste.

¿Quién, en su sano juicio, puede pensar que tener que tomar una pastilla por el resto de la vida es una verdadera manera de curar un padecimiento? No lo es.

Por eso, en lo personal, un servidor he dejado de acudir a la medicina alópata y a los hospitales, pues ahí sólo me topaba con altos costos, trato frío y mercantilista, y pocos resultados verdaderos.

En cambio, he conocido maravillosos “médicos” alternativos, verdaderamente capaces, que a veces tienen que autodenominarse como “terapeutas” para evitar ser víctimas de la nueva “Santa Inquisición” de la mafia farmacéutica y sus “brazos armados” en las secretarías de Salud. 

Pero estos terapeutas, interesados en los nuevos linderos de la llamada medicina alternativa —y que recurren a conocimientos milenarios bien articulados como la acupuntura, la homeopatía, la herbolaria y el orgullosamente mexicano biomagnetismo—, son quienes verdaderamente me curan y me mantienen sano.

Veo en ellos a los “auténticos médicos” de antes, pues son gente sin afán de lucro, con consultorios sencillos, que entienden que tienen una misión para curar a sus semejantes, y que verdaderamente desarrollan ese ojo clínico que antes tenían los buenos médicos generales, para diagnosticar no sólo con pruebas de laboratorio, sino también con la charla profunda y el contacto personal cercano. Y así es como entienden lo que está detrás de los padecimientos.

Los que verdaderamente cumplen el Juramento Hipocrático —esa ética médica para realmente ayudar al paciente desinteresadamente— son los nuevos terapeutas de la llamada medicina alternativa; y ya no, o muy poco, los médicos, hospitales y farmacéuticas amafiados en un frenesí por ganar dinero antes que de curarnos. 

Habrá que defender a los primeros y combatir a los segundos.

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