El juego en los casinos, para muchos, representa una forma de escape, una chispa de adrenalina o una fantasía de riqueza instantánea. Sin embargo, cuando este hábito se convierte en vicio, las consecuencias pueden ser devastadoras para el núcleo más esencial de cualquier sociedad: la familia. En México, se estima que más de 450,000 personas padecen ludopatía, y el número va en aumento, especialmente entre adultos jóvenes y personas de mediana edad. Pero cuando uno de los cónyuges cae en esta adicción, el costo no es solo financiero, sino también emocional, psicológico y relacional.
Desde una perspectiva estrictamente económica, el impacto es profundo. El ludópata promedio puede gastar entre $3,000 y $15,000 pesos mensuales en casinos, según datos de la Secretaría de Salud. Esto representa entre el 10% y el 50% del ingreso promedio de una familia mexicana de clase media. Si se toma en cuenta que muchos hogares viven con presupuestos ajustados, cada peso perdido en el juego es un peso que no se invierte en comida, educación, salud o ahorro para el futuro.
Además, este tipo de gasto no es planificado ni racional: ocurre bajo impulsos, muchas veces ocultos, y lleva a endeudamientos silenciosos con tarjetas de crédito, préstamos personales e incluso empeños de bienes.
Más allá de los números, hay un daño emocional que no se puede cuantificar tan fácilmente. El vicio en los casinos tiende a ir de la mano con la negación, la mentira y el deterioro de la confianza en la pareja. Es común que la persona que juega lo oculte, manipule las finanzas del hogar o minimice el problema. Esto genera conflictos constantes, ansiedad en los hijos y una carga mental y económica desproporcionada para el otro cónyuge, que intenta sostener la estabilidad del hogar con recursos cada vez más limitados. La ludopatía, al igual que otras adicciones, no afecta solo a quien la padece, sino que destruye lentamente el tejido emocional y financiero de la familia.
En muchos casos, el problema no se detiene hasta que ya es demasiado tarde: cuando hay pérdida de patrimonio, separación, depresión o incluso pensamientos suicidas. Según estudios del Instituto Nacional de Psiquiatría, los ludópatas tienen una tasa de intento de suicidio veinte veces mayor que la población general. Esta no es una estadística menor: es un grito de alerta sobre lo que ocurre cuando el ocio se convierte en prisión.
El Estado mexicano ha avanzado poco en regulación efectiva. Mientras los casinos multiplican sus ingresos —reportando ganancias por más de $12,000 millones de pesos anuales—, las políticas públicas de prevención y tratamiento son casi inexistentes. Hay pocas clínicas especializadas, y el estigma social hace que muchas familias callen el problema por vergüenza o ignorancia.
La gran reflexión es esta: cada ficha que cae en una ruleta, cada moneda o tarjeta que se desliza en una máquina tragamonedas, puede parecer insignificante, pero si está alimentada por el vicio, puede ser el eco de un matrimonio que se desgasta, de hijos que crecen con miedo o de una casa que se apaga lentamente. En una época en la que el bienestar emocional y la salud financiera son más frágiles que nunca, no podemos darnos el lujo de ignorar el costo real del juego.
Porque, cuando el casino entra al corazón del hogar, rara vez sale sin cobrarse una deuda mucho más alta que el dinero: la paz.
