En el Día del Amor y la Amistad, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo dijo una frase que, aunque sencilla, tiene una profundidad enorme: “El amor vence al odio, al miedo y hasta las calumnias”.
En tiempos en los que el ruido, la desinformación y la confrontación parecen dominar la conversación pública, hablar de amor puede sonar ingenuo. Pero no lo es. Es una postura política, ética y humana.
El amor no es debilidad. Es decisión. Es elegir todos los días construir en lugar de destruir. Gobernar desde el amor significa poner en el centro a las personas, especialmente a quienes históricamente han sido ignoradas o excluidas.
A lo largo de los últimos años hemos visto cómo esta visión se traduce en políticas públicas concretas, como programas sociales que llegan a quienes menos tienen; apoyos directos que fortalecen la economía familiar; acceso a educación, salud y vivienda como derechos y no como privilegios. Eso también es amor: amor convertido en presupuesto, en acciones, en infraestructura, en oportunidades.
El odio divide, el miedo paraliza y la calumnia desgasta. Pero el amor construye.
Cuando una política pública nace del compromiso genuino con la dignidad humana, se vuelve más fuerte que cualquier campaña de desprestigio.
He aprendido en mi vida pública que no hay transformación posible si no se parte del respeto y la empatía. Desde la Unidad de Asuntos Religiosos y en los trabajos de atención a las causas, he visto todos los días cómo el amor —entendido como cuidado, responsabilidad y compromiso con el otro— es la base de la paz duradera.
Las familias que reciben un apoyo para que sus hijas e hijos sigan estudiando; las personas adultas mayores que cuentan con un ingreso que les da autonomía; las comunidades que hoy tienen servicios que antes no existían, son prueba de que el amor no es solo discurso. Es una práctica de gobierno.
Por supuesto que habrá críticas, pero cuando las decisiones se toman pensando en el bienestar de la gente, el tiempo termina poniendo las cosas en su lugar.
Hablar de amor en la política es entender que detrás de cada cifra hay un rostro; de cada programa, una historia; y detrás de cada decisión, vidas que pueden cambiar para bien o para mal.
El amor, cuando se convierte en acción pública, tiene la capacidad de transformar realidades. Nos obliga a mirar a quien más lo necesita, a escuchar y a actuar con responsabilidad social.
En un país que ha vivido divisiones y momentos difíciles, elegir el amor como principio no es ingenuidad, es valentía, porque implica sostener la congruencia aun frente a la adversidad. Implica no caer en provocaciones y mantener el rumbo.
Si algo necesita México hoy es esa convicción profunda de que sí se puede gobernar con firmeza y con sensibilidad al mismo tiempo; que sí se puede defender la verdad sin odio; que sí se puede transformar sin excluir.
El amor vence cuando se convierte en justicia, en igualdad de oportunidades y en esperanza para quienes antes no la tenían. Y ese es, sin duda, el camino que debemos seguir construyendo.
