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Opinión

México se estanca, pero es un buen momento para comprar auto o casa

Inteligencia Financiera Global

La economía mexicana puede estar prácticamente estancada y, al mismo tiempo, estar en un excelente momento para comprar un automóvil o contratar un crédito hipotecario. Parece una contradicción, pero no lo es. 

Retrata bastante bien lo que ocurre en México: mientras una parte importante de la economía enfrenta bajo crecimiento, informalidad, menor inversión y perspectivas poco alentadoras, existe otro México —formal, bancarizado y con capacidad de consumo— que sigue comprando automóviles, contratando hipotecas y aprovechando una competencia cada vez más intensa entre empresas y bancos. 

Para quien pertenece a este segundo grupo, las condiciones actuales son extraordinariamente favorables.

El mercado automotriz es probablemente el ejemplo más evidente. Durante la pandemia escasearon componentes, se redujo la oferta y las armadoras elevaron precios. Hoy ese ciclo se ha revertido. Hay más marcas, más modelos y una competencia feroz, particularmente después de la llegada de numerosos fabricantes asiáticos. Esa presión está obligando a las empresas a ofrecer descuentos, bonos, seguros, servicios incluidos y esquemas de financiamiento cada vez más atractivos. El consumidor volvió a tener poder de negociación. Cuando muchas empresas quieren venderle al mismo comprador, quien gana es precisamente el comprador.

Eso no significa que adquirir un automóvil nuevo sea automáticamente una buena decisión financiera. Un auto es, en términos patrimoniales, un bien que normalmente pierde valor. Desde el momento en que abandona la agencia comienza su depreciación y en su precio están incorporados impuestos, márgenes y comisiones que no se recuperan al venderlo. Por eso, quien dispone del dinero para pagar de contado debería comparar seriamente la alternativa de un seminuevo. La misma competencia que beneficia al mercado de autos nuevos también está creando oportunidades interesantes entre los usados, entre los que uno se puede encontrar verdaderas gangas ya depreciadas. 

Por otra parte, el crédito merece todavía más atención. Que una institución esté dispuesta a financiar un automóvil durante cinco o seis años (60 o 72 meses) no significa que convenga aceptar. Las cifras revelan que plazos de contratación se han extendido junto con las ventas, pero hay que tener cuidado. Extender el plazo reduce la mensualidad, pero eleva el costo total y puede dejar al comprador pagando durante años un vehículo que ya perdió la mayor parte de su valor. Un plazo de tres o cuatro años (36 o 48 meses) resulta mucho más razonable para quien necesita financiar.

La vivienda es distinta y, desde el punto de vista patrimonial, mucho más interesante. La competencia bancaria está llevando nuevamente a algunos créditos hipotecarios a tasas de un dígito para clientes con perfiles sólidos. En México, considerando la inflación, el riesgo de largo plazo y las perspectivas fiscales y económicas del país, obtener financiamiento hipotecario a una tasa fija relativamente baja puede ser una oportunidad difícil de despreciar. A diferencia del automóvil, un inmueble no necesariamente pierde valor con el paso del tiempo y existe una expectativa razonable de que su precio nominal acompañe en cierta medida a la inflación a largo plazo.

Pero tampoco aquí debe caerse en uno de los mayores errores del mercado inmobiliario: comprar pensando que la supuesta “plusvalía” está garantizada. No lo está. Ningún vendedor puede saber cuánto valdrá una propiedad dentro de diez o veinte años. Una mala ubicación, cambios urbanos, inseguridad, deterioro de la zona, exceso de oferta o simplemente haber pagado demasiado pueden destruir cualquier expectativa de apreciación. Cada inmueble debe analizarse individualmente. Incluso dos departamentos en el mismo edificio pueden tener valores distintos por orientación, altura, distribución o vista. En bienes raíces, la ubicación es determinante, pero el precio de entrada también.

Que las condiciones actuales sean atractivas tampoco debe confundirse con una invitación indiscriminada a endeudarse. El crédito es una herramienta. Bien utilizado, puede acelerar la construcción de patrimonio; mal utilizado, puede convertirse en una carga durante años. La diferencia está en qué se compra, a qué precio, con qué tasa, durante cuánto tiempo y qué proporción del ingreso queda comprometida. El error de muchas personas consiste en preguntarse únicamente si pueden pagar la mensualidad. La verdadera pregunta debería ser si la operación completa mejora o deteriora su situación financiera.

Hay además una enseñanza económica más profunda detrás de este momento. Cómo le digo, el país se está partiendo en dos. Una parte enfrenta dificultades crecientes para incorporarse a la economía formal, ahorrar, obtener crédito y acumular patrimonio. Otra conserva capacidad de consumo, acceso al sistema financiero y posibilidades de adquirir activos. Las ventas de automóviles y la demanda de hipotecas no prueban que “México va bien” en general; prueban que un grupo particular continúa avanzando mientras otro permanece rezagado. Confundir ambas realidades produce diagnósticos equivocados.

Para quienes hoy tienen estabilidad financiera, buen historial crediticio y capacidad de pago, las condiciones para comprar un automóvil o una vivienda son probablemente de las mejores de los últimos años. Competencia, descuentos, abundancia de financiamiento y tasas relativamente bajas se han alineado a favor del consumidor. Pero una oportunidad solamente es oportunidad cuando se utiliza con inteligencia. Comprar porque el crédito está disponible es consumo. Comprar correctamente, negociando precio, tasa y plazo, puede convertirse en una decisión patrimonial extraordinaria.

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