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Opinión

¿Ciudad para treinta días de futbol o para cuántos?

El diván interior

Hay algo curioso con los grandes eventos: llegan mucho antes que su fecha oficial. El Mundial todavía no comienza, pero desde hace meses ya está entre nosotros. Está en las calles cerradas, en las obras aceleradas, en las conversaciones sobre tráfico, en las rutas que cambian y en esa sensación de que la ciudad corre contra el reloj.

En seis días la ciudad dejará de ser solamente Monterrey para convertirse en una vitrina mundial. Millones de personas verán nuestras montañas, nuestra cultura, nuestra comida y nuestra capacidad de recibir visitantes.  

Pero también verán algo más: la manera en que funciona nuestra ciudad, y ahí es donde aparece una pregunta incómoda: ¿estamos listos? La respuesta no es sencilla. Porque una cosa es tener listo un estadio y otra muy distinta tener lista una ciudad.

El urbanismo contemporáneo tiene una idea sencilla: las personas no llegan a una ciudad para admirar una obra; llegan para moverse, caminar, sentirse seguras y apropiarse del espacio.

El Mundial también expondrá algo que pocas veces discutimos: el espacio público. Las grandes ciudades que reciben eventos internacionales dejan una lección importante: el verdadero legado no son los estadios, son las banquetas, las conexiones urbanas, las ciclovías, las áreas verdes y los sistemas de transporte que permanecen cuando las cámaras se apagan.

Monterrey tiene una oportunidad histórica. Porque el éxito del Mundial no será que miles de personas se tomen una foto con el Cerro de la Silla de fondo o en la Macroplaza. El éxito será que dentro de cinco o diez años un regiomontano pueda decir que las mejoras hechas para el torneo cambiaron realmente su vida diaria. 

También existen nuevos desafíos: seguridad tecnológica, control de grandes flujos humanos y logística urbana. Ya se han incorporado nuevas herramientas y sistemas especiales de vigilancia para eventos masivos, pero quizá el mayor reto ni siquiera es técnico: es cultural.

Las ciudades no se transforman únicamente con inversión pública; también cambian cuando sus habitantes aprenden a habitarlas de manera distinta. En seis días el mundo verá Monterrey, verá nuestras fortalezas, nuestro empuje industrial y nuestra capacidad de organización. Pero también verá nuestras deudas urbanas.

Tal vez la pregunta correcta no es: “¿Estamos listos para el Mundial?”. Tal vez la verdadera pregunta sea: ¿Estamos construyendo una ciudad para treinta días de futbol o una ciudad para los próximos treinta años?

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