El cine mexicano
Sección Editorial
- Por: Mario González Dueñas
- 04 Septiembre 2026, 00:01
El cine mexicano no es solo una etiqueta geográfica; es el eco de un viaje místico que comenzó en los albores del siglo XX. Todo arrancó cuando los primeros cinefotógrafos franceses cruzaron el océano para presentarnos el invento que cambiaría el mundo para siempre.
La historia de nuestro cine en suelo nacional se inauguró formalmente con un destello en blanco y negro: El presidente de la República paseando a caballo en el bosque de Chapultepec (1896). Aquella primera función privada, cortesía de Gabriel Veyre y Claude Ferdinand Bon Bernard para el presidente Porfirio Díaz, encendió la chispa.
Esa función fue el big bang de un universo que aún sigue expandiéndose. El cine nacional desafió su tiempo con esquemas de producción sorprendentemente avanzados para la época.
Ver al presidente en movimiento durante apenas 30 segundos provocó un revuelo absoluto. Fue el día en que descubrimos que el cine no solo era un medio masivo, sino una experiencia sensorial capaz de conmover a todo un país.
Y la realidad no se quedó atrás. El país entero se perfilaba hacia una revolución, al grado de que nuestro querido Pancho Villa se convirtió, de manera casi natural, en el primer gran protagonista de nuestra pantalla.
Entre el humo de un México convertido en polvorín, brotó un auge inesperado de cineastas nacionales y extranjeros que capturaron la crudeza y la belleza de las cabalgatas, las batallas y las capitulaciones.
Pero estas líneas no buscan ser un frío libro de texto. Queremos entender el cine como lo que realmente es: un espejo sociocultural y geográfico del tiempo en que respira.
Es un hilo invisible que conecta la nostalgia de Allá en el Rancho Grande con la sátira de Nosotros los Nobles, un puente tendido por las miradas de titanes como Fernando de Fuentes, Julio Bracho, Emilio "El Indio" Fernández, Roberto Gavaldón, Luis Buñuel, Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo, hasta estallar en la genialidad contemporánea de Alejandro González Iñárritu.
Hablar de las divas y los actores que han habitado este lienzo requeriría una biblioteca entera. Más que un artículo, estas palabras son un tributo a esas mujeres y hombres que dejan la piel, el alma y las llagas en cada fotograma.
Porque hacer cine en México nunca ha sido para cualquiera; es una declaración de amor y valentía, un arte de navegar contracorriente, muchas veces sin timón ni timonel, desafiando cualquier marea para lograr que la magia suceda.
Hacer cine es plasmar una idea desgarrando la vida misma, con la esperanza de que alguien más decida abordar ese barco. Es creer a ciegas en un proyecto sabiendo que, probablemente, nunca verá la luz; es desafiar toda lógica y estar dispuesto a naufragar ante la hermosa adversidad y las inclemencias del séptimo arte.
Por eso, tras recorrer estas líneas, te invito a dejarte seducir por el cine mexicano en la complicidad de la total oscuridad. Permite que la pantalla de plata te envuelva en sus universos oníricos y disfrutemos juntos de este maravilloso legado que nos abraza desde 1896.
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