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Opinión

Project Hail Mary

Cinefotógrafo y catedrático de la Carrera de Producción Cinematográfica de la UDEM. Contacto en mariogduenas@gmail.com @duenasmariog

“La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma”. Esta mítica verdad de Antoine Lavoisier puede sonar gastada para algunos, pero es el latido del universo. 

Es el origen de todo, incluso de nuestra propia esencia humana; al fin y al cabo, el amor también es vibración, un lazo energético puro. Es justo en esta joya cinematográfica donde descubrimos la verdadera magnitud de sus palabras. 

Por lo general, las cintas de ciencia ficción apuestan por batallas espaciales épicas, amenazas alienígenas o cataclismos monumentales que rozan el western galáctico. 

Pero, ¿qué pasa cuando la trama se convierte en un viaje híbrido entre la comedia, el drama y el misterio cósmico? Si a esa fórmula le sumas una banda sonora espectacular, obtienes una obra maestra de primer nivel. 

Phil Lord y Christopher Miller se lucieron por completo con esta producción. Lejos de depender de la frialdad de los efectos digitales (VFX), decidieron apostar por la magia de los efectos prácticos. 

Filmada en un imponente formato IMAX bajo el lente del genial cinematógrafo Greig Fraser, y con la maestría visual del supervisor Paul Lambert, crearon una odisea espacial que desborda física, emoción y lágrimas.

Aquí no hay diálogos vacíos. Vemos a un Ryan Gosling desnudando la fragilidad humana de formas únicas. Su personaje encara sacrificios que solo se asumen cuando entiendes que nuestras decisiones tienen un eco eterno, rompiendo las barreras del tiempo presente. 

A todo esto se une una banda sonora y un score que rompen cualquier esquema tradicional. Con temas de Harry Styles, The Beatles, Dennis Wilson y la profunda voz de Mercedes Sosa, es imposible no sentirse conmovido ante semejante festín para los sentidos.

Viví en carne propia cómo el público se estremecía en la sala IMAX. La película logra tocar una de las fibras más íntimas de nuestra existencia: el instinto grabado en nuestro código genético para asegurar la supervivencia de la especie. 

Esta narrativa nos sumerge en esa necesidad vital, recordándonos que el acto más puro para salvarnos es, precisamente, aprender a soltar el egoísmo.

Lo verdaderamente heroico es que el doctor Ryland Grace no es un agente secreto ni un supersoldado modificado; es simplemente un maestro. Un hombre con una mente científica brillante, pero con una empatía hacia la vida tan profunda y cercana como la de cualquiera de nosotros.

La historia nos abre una ventana hacia los misterios de la vida en otros mundos y galaxias lejanas. Sin embargo, el verdadero viaje es hacia nuestro interior: nos regala una profunda reflexión sobre nuestra propia importancia como creadores de conciencia y el reto de mantener esa energía cósmica en constante evolución, imitando el flujo infinito de la vida misma.

Invito a quien lea esto a dejarse llevar por esta joya visual, a sumergirse en el océano del verdadero heroísmo: ese que nace cuando logramos entender la existencia mucho más allá de nuestro propio ego.

 

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