Opinión

El costo oculto del recorte de Banxico

Sección Editorial

  • Por: Guillermo Barba
  • 18 Mayo 2026, 00:00

El Banco de México volvió a recortar su tasa de referencia y casi nadie está diciendo lo verdaderamente importante: este recorte tiene un impacto inmediato y directo sobre el bolsillo de millones de mexicanos. La tasa quedó en 6.5%, en lo que con alta probabilidad será el último recorte del ciclo. El mercado lo había descontado desde la subasta de CETES de la semana anterior. Los titulares lo despacharon como un trámite técnico. Y, sin embargo, hay millones de personas cuyo patrimonio está siendo erosionado en este momento sin que se hayan enterado.

Los más afectados, paradójicamente, son los ahorradores que se consideran prudentes. Quienes invierten en CETES, pagarés bancarios, fondos de deuda o plazos fijos en sofipos están obteniendo hoy un rendimiento bruto cercano al 6.5%. La cifra suena razonable, hasta que se hace la cuenta completa. La inflación esperada para los próximos doce meses ronda entre el 4.5% y el 5%, con un escenario similar para los primeros meses de 2027. Restada la inflación esperada al rendimiento bruto, el rendimiento real anda entre 1.5% y 2%. Si bien le va al ahorrador. En la práctica, cercano a cero.

Esa cifra desmonta uno de los mitos más arraigados de la cultura financiera mexicana: la idea de “vivir de los intereses”. Esa noción quedó sepultada hace décadas. Hoy, quien intenta sostener su estilo de vida con los rendimientos de instrumentos de corto plazo no está viviendo de sus intereses: se está comiendo su patrimonio en cámara lenta. La mayoría no lo descubre hasta que es demasiado tarde.

¿Por qué entonces Banxico recorta la tasa? La teoría es conocida. Tasas más bajas estimulan el crédito y, con ello, el consumo y la inversión. En economías como la estadounidense, donde la penetración bancaria y crediticia es masiva, esa lógica tiene sustento. En México no. Aquí la mayoría de la población ni siquiera está bancarizada, y los bancos, lejos de prestar agresivamente, llevan años cobrando comisiones récord y registrando ganancias históricas con un núcleo pequeño de clientes cautivos. Cada año, en la convención bancaria, el gobierno les pide que presten más. Cada año, los bancos prometen que sí. Y cada año, no lo hacen. El recorte de tasas, por lo tanto, tiene un efecto marginal sobre la economía real.

Pero hay un beneficiario silencioso y, ese sí, relevante: el propio gobierno. Cada recorte abarata el costo financiero del Estado. Los CETES son deuda pública. Quien paga esos rendimientos es el mismo gobierno que los emite. Y el gobierno no genera riqueza por sí mismo: vive de lo que les quita a los contribuyentes en el presente vía impuestos, o de lo que les quita en el futuro vía deuda, trayendo a hoy una riqueza que aún no se ha creado. Bajar la tasa abarata ese pago. Pero ese ahorro no se convierte en disciplina fiscal ni en menor deuda. Se traduce en mayor margen para gastar, y el gobierno lo aprovecha al máximo: gasto corriente, programas clientelares y apoyos sociales que rinden políticamente pero hacen muy poco por la economía estructural del país.

Conviene desactivar también el espejismo de los apoyos sociales como motor económico. Ese dinero no aparece por generación espontánea. No es que el gobierno tenga un patrimonio propio que decide repartir. Es dinero que se le quita a unos contribuyentes para transferirlo a otros, con costo al presente vía impuestos y con costo al futuro vía deuda. Y mientras eso ocurre, conviene recordar otra advertencia para los ahorradores menos informados: las sofipos que ofrecen rendimientos de dos dígitos no son un descubrimiento, son un riesgo. La tasa alta es un indicador de fragilidad institucional, no de ingenio financiero. El seguro de cobertura es limitado. Las letras chiquitas suelen revelar que el rendimiento prometido aplica solo a los primeros cinco o diez mil pesos depositados. Y nunca conviene exceder los 400 mil UDIs en un solo banco, porque hasta ahí llega la cobertura del IPAB en caso de quiebra.

El efecto verdaderamente grave del recorte, sin embargo, es el de mediano y largo plazo: la inflación. Banxico ha dejado de actuar como un banco central comprometido con la estabilidad de precios. Su prioridad efectiva hoy es abaratarle al gobierno el costo de su endeudamiento y dar espacio al gasto público. Más gasto deficitario significa más deuda, y más deuda implica, tarde o temprano, más emisión monetaria. Los agregados monetarios del propio Banco de México lo confirman: la puesta en circulación de billetes y monedas viene creciendo desde la pandemia a un ritmo muy superior al histórico. El dinero no se crea por decisión espontánea de un banco central. Detrás de cada billete recién impreso hay un papel de deuda del gobierno que lo respalda. El peso ya no está respaldado en oro, como muchos siguen creyendo. Está respaldado en deuda. Por eso la ecuación es inevitable: mientras más gasta el gobierno, más se imprime; y mientras más se imprime, más rápido pierde valor el peso que el ciudadano guarda en su cartera y en su cuenta bancaria.

Esa pérdida de poder de compra alimenta la carrera de precios en la que el consumidor siempre llega último. Los costos suben para empresarios, proveedores y comerciantes, que se ven obligados a trasladarlos al precio final. El consumidor recibe el golpe sin defensa, porque sus ingresos no se ajustan al mismo ritmo. Es la carrera de ratas: correr cada vez más rápido para terminar exactamente en el mismo lugar, o más atrás. Y el dinero recién creado siempre llega primero al gobierno y a sus proveedores. Para el momento en que ese dinero permea al resto de la economía, los precios ya subieron. El ciudadano común no recibe dinero gratis: lo paga, en el presente vía impuestos, y en el futuro vía deuda pública.

Lo más grave es que, a pesar de todo este estímulo monetario y fiscal, la economía no crece. El PIB se contrajo 0.8% en el primer trimestre. Con todo el gasto, con toda la deuda y con toda la impresión, México decreció. Es el peor de los escenarios posibles. El país enfrenta un cuadro de estanflación, esa combinación tóxica de estancamiento con inflación que muchos analistas se resistían a nombrar y que hoy ya es difícil seguir negando. No es un problema coyuntural de un trimestre. Si no se corrige el rumbo, México puede enfrentar décadas de estancamiento con inflación. Y conviene aclarar algo: las causas son internas. No vienen del exterior ni de presiones políticas desde fuera. Son decisiones tomadas en casa.

El recorte de Banxico, vendido como una buena noticia, es en realidad un traslado silencioso de riqueza: del ahorrador al gobierno, del contribuyente al gasto político, del presente al futuro. Mientras los titulares celebren tasas más bajas como sinónimo de alivio, conviene recordar lo que el recorte no dice. Dice que el ahorrador prudente está perdiendo. Dice que el gobierno gana margen para seguir endeudando al país. Dice que la inflación seguirá erosionando salarios y patrimonios. Y dice, sobre todo, que el peso seguirá perdiendo valor mientras el modelo no cambie.

Banxico hizo su jugada. El gobierno también. Falta la del ciudadano informado, que es el único que todavía puede defender lo suyo mediante la creación de valor: con un trabajo más inteligente que le genere ingresos adicionales, y con la disciplina de invertir sus excedentes en instrumentos que lo hagan más rico en lugar de más pobre, como el oro.

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