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Opinión

Le crecieron los enanos a la Presidenta

Soy doctor en Derecho por la UNAM, ex Magistrado Federal, ex Subprocurador Jurídico y ahora socio director de Spetsen, SC. También soy especialista en temas fiscales y de prevención de lavado de dinero. Me gusta jugar tenis y me apasiona el futbol soccer

En la alta comedia que a veces pretende ser la diplomacia azteca, la amnesia es el requisito indispensable para sobrevivir en los tiempos de la 4T. 

Hay que tener la memoria muy corta y el cinismo muy largo. Hace no tanto, cuando la famosa Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York (SDNY) sentó en el banquillo y refundió a Genaro García Luna, el oficialismo de la 4T casi propone un día nacional en su honor. Aquella Fiscalía neoyorquina era, en la retórica del régimen, el faro de la justicia global, el implacable ejemplo de pulcritud institucional que desnudaba la corrupción del pasado.

Pero, ah, cómo cambia el paisaje cuando los expedientes apuntan hacia el espejo. En cuanto esa misma Fiscalía comenzó a cruzar testimonios, registrar flujos de efectivo y armar carpetas contra distinguidos políticos en activo de Morena, el faro de la justicia se degradó mágicamente. 

Así, de pronto, la SDNY pasó a ser una mera y simple “oficinita de Nueva York”, un apéndice despectivo al que se le minimizaba desde la ilustre mañanera de Palacio, como si el histórico epicentro judicial de los Estados Unidos fuera una oficialía de partes de municipio rural.

Pues bien, la soberbia es mala consejera y peor estratega. Resulta que a la Presidenta le crecieron los enanos del circo. Y no solo crecieron: se pusieron botas tácticas, charreteras de seguridad nacional y acaban de mudarse a la mismísima cúpula del poder global.

El chiste geopolítico se cuenta solo. Jay Clayton, el fiscal que comandaba esa “oficinita” neoyorquina —en la que se firmó la acusación por narcotráfico contra Nicolás Maduro y que pacientemente ha guardado en su memoria las bitácoras que presuntamente conectan las campañas de la transformación con el dinero que huele a pólvora—, acaba de ser nominado por Donald Trump como el nuevo director de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos.

Imaginen la escena en Palacio Nacional: el hombre que sabe con precisión matemática qué operador político se reunió con qué capo en Sinaloa o Tamaulipas ahora tendrá bajo su mando los satélites, las agencias de espionaje y los presupuestos multimillonarios de la superpotencia. Lo que antes era un expediente en una supuesta fiscalía menor, hoy es el insumo principal de la seguridad nacional estadounidense. El “enano” ya despacha desde el Olimpo de Washington.

Pero el verdadero dolor de cabeza para la Presidenta no termina ahí. La vacante que deja Clayton en la SDNY no se quedó vacía ni se ablandó; la Casa Blanca ha designado a James M. McDonald, un tipo de línea dura, exjefe de ejecución regulatoria y abogado penalista de absoluta confianza de Trump. 

La dupla es de terror: Jay Clayton, operando la inteligencia que todo lo ve desde Washington, y James M. McDonald, listo para ejecutar la doctrina criminal más agresiva del nuevo eje estadounidense.

Para este renovado equipo, el tablero con México es binario y letal: el fentanilo ya no es un problema de aduanas, es un arma de destrucción masiva. Los cárteles ya no son “generadores de violencia” a los que hay que conmover con programas sociales; son organizaciones terroristas internacionales. 

Bajo esa premisa jurídica, el brazo legal de la fiscalía neoyorquina adquiere alcances imperiales. Cuando el terrorismo entra por la puerta, las cortes de Nueva York dejan de emitir diplomáticos extrañamientos y empiezan a firmar órdenes de ejecución fulminante.

Para quien entiende de eficiencia, de respeto institucional y del altísimo costo que pagamos por la inseguridad mientras desde el Palacio Nacional se voltea hacia otro lado, este viraje es el choque de realidad que la Presidenta intentó postergar con discursos de soberanía. 

Ya no estamos ante el Departamento de Estado y sus tibios comunicados. Estamos ante una pinza perfecta que se alista para cobrar las facturas de la complacencia.

La “oficinita” resultó ser el cuartel general de una tormenta perfecta. 

Mientras en el centro del país se insiste en culpar al pasado y en ignorar las alertas de la relación bilateral, el nuevo eje de Washington se alista para la función.

Por eso digo: a la Presidenta le crecieron los enanos, y el problema es que el circo completo ya quiere cruzar el Bravo. Porque lo que ya quedó claro es quiénes son los “enanos gigantes” del circo.

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