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Opinión

El hueco no está en el presupuesto... está en la conciencia

Columna Invitada

La reciente aprobación de la ley del IEPS sobre refrescos, tabaco, juegos y apuestas vuelve a recordarnos que, en México, los parches fiscales sustituyen las verdaderas reformas estructurales. Cada año, el gobierno busca llenar un hueco presupuestal que no deja de crecer. Esta vez, lo hace con nuevos impuestos sobre productos que, bajo el argumento de cuidar la salud pública, se convierten en la válvula de escape de una recaudación desesperada. Pero la pregunta es inevitable: ¿realmente se combate un mal hábito desde la cartera o desde la conciencia? 

Pretender que el mexicano dejará de fumar o consumir azúcar por un incremento de precios es tan ilusorio como pensar que el problema de fondo se resuelve con más prohibiciones. Los hábitos no cambian por decreto, sino por educación. Y la educación no se limita a aulas y pizarrones; comienza con la inteligencia emocional, la capacidad de elegir conscientemente, de comprender las consecuencias de nuestros actos. Ahí está la verdadera raíz de cualquier política de salud o prosperidad. 

Mientras tanto, la abolición de la ley de amparo fiscal abre otra grieta en el Estado de derecho. Se calcula que hay más de 2 billones de pesos en litigios fiscales, y su eliminación se interpreta como una vía rápida para recaudar sin escuchar. Pero lo preocupante no es sólo el dinero, sino lo que representa: la desaparición del último recurso legal que permite a un ciudadano o una empresa defenderse del propio Estado. Cuando el derecho se convierte en obstáculo para el poder, el riesgo deja de ser económico y se vuelve institucional. 

Más del 70% de los juicios fiscales provienen de pequeñas y medianas empresas, las mismas que sostienen el empleo y la productividad nacional. Si ya de por sí ser empresario en México implica tener un “socio invisible” que se lleva más del 30% vía impuestos, ahora se enfrentan a un panorama donde la confianza y la justicia fiscal parecen desvanecerse. 

El hueco, en realidad, no es sólo financiero. Es moral, educativo y estructural. No se llena con impuestos ni con decretos. Se llena con visión, con educación temprana, con políticas que empoderen en lugar de castigar. Porque, mientras se siga buscando dinero donde hay hábitos, y no conciencia donde hay ignorancia, seguiremos cavando un país donde el esfuerzo privado paga la factura del vacío público. 

¡El hueco es tan grande que ya no cabe la razón! 

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