Opinión

El idealismo del scooter

Sección Editorial

  • Por: Alejandra Sanchez
  • 17 Julio 2026, 00:01

Hubo un momento durante el Mundial 2026 en que Monterrey pareció, por unos días, otra ciudad. Turistas y regiomontanos circulando por el Barrio Antiguo y Santa Lucía en scooter eléctrico, con el partido en la cabeza y el viento en la cara. Una postal de movilidad urbana moderna que pocas veces habíamos visto por aquí, y que se sentía, hay que decirlo, bastante bien.

Lo que hace ese momento más interesante es un dato: el 89% de quienes usaron un scooter durante el Mundial lo hacían por primera vez en su vida. 

Eso significa que el torneo logró algo que meses de campañas de movilidad urbana no habían conseguido: sacar a la gente de su carro y subirla a un vehículo eléctrico compartido. Fue real. Y duró exactamente lo que duró el Mundial.

Porque cuando se apagaron las pantallas gigantes y se fueron los turistas, lo que quedó en las calles contó una historia diferente. Scooters abandonados en mitad de la banqueta, bloqueando el paso a personas mayores y a quienes van con carriola. 

Unidades vandalizadas, rayadas, con piezas faltantes. Otros simplemente desaparecidos, robados o tirados en algún rincón que nadie supervisa. Y una ciudadanía genuinamente confundida: ¿puedo subirme aquí? ¿Dónde lo dejo cuando llego? ¿Por qué ese señor viene directo hacia mí en la acera a veinte kilómetros por hora?

El problema no fue esa movilidad alterna. El problema fue que Monterrey recibió una solución diseñada para otra ciudad. Los scooters funcionan donde existe infraestructura que los sostiene: carriles dedicados, banquetas anchas y bien mantenidas, cultura vial que pone al peatón como prioridad. 

Ciudades que llevan décadas construyendo eso. Aquí los dejamos llegar sin nada de eso preparado, con la esperanza de que el entusiasmo del Mundial lo compensara. Y no lo compensó.

Que cierto porcentaje lo probara por primera vez no es un éxito de adopción sostenida. Es una fotografía de curiosidad puntual, del asombro natural ante lo nuevo. La pregunta real es: ¿Cuántos volvieron a subirse la semana siguiente, cuando no había partido ni euforia?

Y la respuesta está en las calles: scooters varados junto a los postes, en las banquetas recuperadas por los peatones, en la ciudad que regresó, y muchos de ellos ya sin partes mecánicas. Quedó la infraestructura. Faltó la ciudad que la habita.

La ciudad que queremos ser y la ciudad que somos todavía tienen una distancia. Y por esa distancia, hoy, circula un scooter sin piloto en el mejor de los casos.

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