Opinión

El Mundial no va a rescatar a México

Sección Editorial

  • Por: Guillermo Barba
  • 15 Junio 2026, 00:00

México sigue esperando el gran despegue económico. El gobierno insiste en que el crecimiento comenzará a verse “muy pronto”, pero esa afirmación, por sí sola, no basta. La pregunta seria es otra: ¿cuándo exactamente empezará a crecer México de verdad? Y, sobre todo, ¿cuánto va a crecer?

Los datos disponibles no muestran una economía fuerte ni vigorosa. Muestran una economía estancada, con inflación persistente, deuda pública creciendo más rápido que la actividad económica e inversión privada detenida por falta de confianza.

Ese cuadro tiene un nombre: estanflación

No se trata de una recesión, porque no se espera una caída del producto interno bruto este año. Pero sí de una combinación incómoda: bajo crecimiento con inflación todavía elevada.

Los datos publicados por el Inegi muestran que la inflación general bajó a 3.94 por ciento anual al cierre de mayo. Pero eso no significa que los precios estén bajando. Significa que suben menos que antes. Además, la inflación subyacente, que marca tendencia, se mantiene en 4.19 por ciento, por encima del rango objetivo del Banco de México.

La inflación, por tanto, sigue siendo un problema real para los bolsillos de los mexicanos.

A esto se suma un crecimiento económico muy débil. El Banco de México ya recortó su expectativa de crecimiento a 1 por ciento, y mi propio pronóstico se ubica también en 1 por ciento como máximo para este año.

En ese contexto, el Mundial de Futbol 2026 ha sido presentado por muchos como una posible fuente de impulso económico. Durante meses se habló de millones de visitantes, derrama multimillonaria y un efecto positivo relevante para México.

Pero las cifras más realistas cuentan otra historia

De acuerdo con estimaciones de Moody’s México, el Mundial dejaría en el país una derrama económica aproximada de $1,030 millones de dólares. Para una economía del tamaño de la mexicana, ese impacto es muy limitado.

Además, México tendrá apenas 13 de los 104 partidos del torneo. No será el centro del evento, sino una de sus sedes parciales.

Moody’s estima la llegada de alrededor de 768,000 visitantes a las sedes mexicanas, de los cuales 521,000 serían nacionales y solo 247,000 extranjeros. La cifra queda muy lejos de las proyecciones oficiales que llegaron a hablar de hasta 5.5 millones de visitantes.

La diferencia no es menor. Es enorme.

El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas también ha advertido que el impacto económico será acotado. Entre protestas, altos costos de boletos, obras inconclusas y un ánimo social menos favorable de lo esperado, el Mundial difícilmente se convertirá en el gran motor económico que algunos prometieron.

Si bien nos va, el impacto positivo sobre el crecimiento del PIB sería de apenas 0.15 puntos porcentuales.

Eso no cambia el panorama de fondo.

México no está colapsando. Pero tampoco está despegando.

Y esa distinción es clave.

El problema económico de México no se resuelve con un evento deportivo, por importante que sea. Tampoco se resuelve con discursos optimistas ni con promesas de que el crecimiento viene “muy pronto”.

El secretario de Hacienda ha dicho que este año México podría crecer entre 1.8 y 2.8 por ciento, y que para 2027 podría alcanzar 2.4 por ciento. También ha señalado que vendría un repunte importante de la inversión pública y mixta, así como un redespegue de la inversión privada.

Pero esas promesas deberían venir acompañadas de metas claras: cuándo, cuánto y bajo qué condiciones.

En cualquier empresa o negocio, si no se cumple una meta, hay consecuencias. En la política, en cambio, se promete crecimiento con demasiada facilidad, sin comprometer el cargo ni asumir responsabilidades si la realidad no acompaña.

El problema fiscal tampoco está en la falta de ingresos. El propio gobierno presume niveles récord de recaudación tributaria. El problema está en el gasto.

México recauda mucho, pero gasta todavía más. Por eso la deuda pública sigue creciendo a un ritmo mayor que la economía.

También hay un problema más profundo: la inversión privada no despega porque falta confianza.

La razón principal por la que muchos inversionistas no están invirtiendo en México no es solo económica. Es institucional. El debilitamiento de los contrapesos, el golpe al Poder Judicial, la desaparición de organismos autónomos y la incertidumbre sobre las reglas del juego han frenado el ánimo de invertir.

Invertir productivamente ya es riesgoso por naturaleza. Pero si a ese riesgo se le suma la percepción de que, ante una diferencia con el gobierno, no habrá un Poder Judicial independiente que pueda equilibrar la balanza, entonces la inversión se detiene.

Sin confianza, no hay inversión suficiente. Y sin inversión suficiente, no hay crecimiento fuerte.

México tiene un potencial enorme. Está junto a la economía más grande del mundo y puede aprovechar una coyuntura extraordinaria durante las próximas décadas. Pero no basta con depender del T-MEC ni de la reinversión de utilidades de empresas extranjeras.

La inversión que realmente puede mover la aguja tiene que ser mucho más amplia, y especialmente nacional. Para que eso ocurra se necesita certidumbre institucional.

Por eso el Mundial no va a rescatar a México

Puede dejar una derrama. Puede generar actividad en ciertas ciudades. Puede traer visitantes, consumo y atención internacional. Pero no va a resolver el problema estructural de fondo: una economía que crece poco, con inflación persistente, deuda creciente e inversión privada frenada por falta de confianza.

La buena noticia es que México sí puede crecer con fuerza. El potencial existe. La ubicación geográfica existe. La oportunidad frente a Estados Unidos existe. El talento y el trabajo de los mexicanos también existen.

Lo que falta es corregir el rumbo institucional, garantizar la independencia del Poder Judicial, dar certeza a la inversión, ordenar las finanzas públicas y dejar de confundir propaganda con crecimiento.

México necesita mucho más que un evento deportivo para despegar. Necesita reglas claras, disciplina fiscal, confianza institucional e inversión productiva.

Mientras eso no ocurra, el país seguirá esperando el gran despegue

Y los ciudadanos tendrán que tomar decisiones financieras entendiendo esa realidad: México no está colapsando, pero tampoco está despegando.

Esa diferencia puede cambiar por completo la forma en que cada persona decide proteger y construir su patrimonio.

Dicho de otro modo: personas, empresas y familias no pueden quedarse esperando a que la macroeconomía despierte. Deben buscar vías para hacer prosperar su propia microeconomía, a pesar de una economía nacional estancada por malas decisiones de gobierno.

Porque cuando el país no crece, la responsabilidad de crecer no desaparece: se traslada con más urgencia a las unidades más pequeñas de la economía.

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