El regiomontano tiende a juzgar a los partidos políticos, como el PRI o Movimiento Ciudadano, por lo que ve en las noticias: disputas internas, renuncias ruidosas, traiciones entre facciones, acusaciones de corrupción entre militantes o peleas por el control de las dirigencias.
Estos dramas, así sean del PAN o de Morena, ocupan titulares, generan memes y alimentan conversaciones interminables en redes sociales y sobremesas.
Sin embargo, nos guste o no, desde la perspectiva del funcionamiento real de la democracia representativa, todo eso tiene un peso mucho menor de lo que aparenta en los medios de Nuevo León.
Lo que define el valor o el daño de un partido político no es lo que ocurre en sus oficinas centrales o en sus asambleas, sino cómo se comporta durante el proceso electoral. Así de simple.
El voto es el único momento en que los ciudadanos ejercen poder directo sobre quiénes ocuparán los cargos públicos, así sean del Partido Verde o de Partido del Trabajo.
Antes de esa urna, el partido puede fracturarse, unirse o indisciplinarse; puede tener liderazgos cuestionables, finanzas opacas o estatutos democráticos impecables.
Nada de eso modifica el resultado final si, llegado el día de la elección, el partido no logra —o no quiere— proyectar una oferta clara, competitiva y coherente ante el electorado.
El votante no elige al mejor comité ejecutivo ni al más hábil operador interno; elige entre candidatos que se presentan en la boleta, y eso depende casi exclusivamente de la campaña, los candidatos, el mensaje y la capacidad de movilización en el terreno.
Un partido puede atravesar una guerra intestina brutal durante meses o años, pero si en la recta final logra cerrar filas, presentar candidatos aceptables para su base, mantener una narrativa consistente y ejecutar una estrategia electoral efectiva, el daño interno se diluye en la percepción pública.
La memoria del votante regiomontano promedio es corta y pragmática: lo que recuerda suele ser el video más reciente, el debate, el escándalo del adversario o la promesa electoral de segundo piso en Morones Prieto que más le resonó.
Las expulsiones, los amparos contra militantes o las asambleas donde se gritan consignas entre facciones quedan como ruido de fondo para la gran mayoría.
Por el contrario, un partido que aparenta unidad monolítica en su vida interna puede derrumbarse estrepitosamente si su conducción electoral es torpe: candidatos impresentables, campañas descoordinadas, mensajes contradictorios, mala selección de distritos o incapacidad para cerrar alianzas útiles.
En ese caso, la supuesta disciplina interna no sirve de nada; el electorado castiga la incompetencia visible, no la armonía invisible.
Esto no significa que la vida interna sea irrelevante en absoluto. La legislación la ampara. La ley la protege.
Un partido en guerra civil suele tener más dificultades para reclutar talento, recaudar fondos, formar cuadros o mantener estructuras territoriales sólidas a largo plazo. Las fracturas crónicas terminan por filtrarse hacia afuera y erosionan la confianza. Allá ellos.
Pero esa erosión tarda años en traducirse en pérdida electoral significativa si el partido sabe “administrar” bien la coyuntura electoral.
Hay ejemplos históricos de formaciones políticas que, pese a divisiones profundas, han ganado elecciones gracias a una conducción táctica brillante en el momento clave; y, viceversa, hay partidos aparentemente cohesionados que se desmoronan cuando llega la hora de competir de verdad.
La lección central es pragmática: en democracia, el poder real no se conquista en las reuniones de consejo político ni en los estatutos internos; se conquista —o se pierde— en la calle, en las redes, en los debates y, sobre todo, en las urnas.
Lo que ocurra al interior del partido puede importar mucho para sus miembros, para sus aspirantes a cargos y para los analistas que escriben columnas; pero, para el sistema democrático en su conjunto y para el ciudadano que decide con su voto, lo decisivo es una sola cosa: cómo se conduce ese partido cuando realmente está en juego el poder.
Por eso, cuando escuchamos que “el partido se está destruyendo desde adentro”, vale la pena recordar que la destrucción definitiva solo llega cuando ese partido demuestra, en el proceso electoral, que no sabe competir. Mientras sepa ganar (o al menos no perder demasiado), las peleas internas seguirán siendo un espectáculo secundario. La urna, al final, es el único juez que importa.
