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Opinión

Porqué México no crece (y no es un misterio)

Inteligencia Financiera Global

En México ocurre algo curioso —y peligroso—: convivimos con dos narrativas extremas que, aunque opuestas, son igual de equivocadas.

Por un lado están quienes anuncian el apocalipsis económico inminente: la gran devaluación, el colapso del peso, el “ya nos volvimos Venezuela”.

Por el otro, quienes celebran el superpeso, el aumento del salario mínimo y un supuesto bienestar generalizado, como si el país estuviera atravesando una edad dorada.

La realidad, está en medio.

Y esa realidad es incómoda: México no está colapsando, pero tampoco está creciendo. Está estancado.

Crecer cero por ciento no es estabilidad, es estancamiento

En 2025, la economía mexicana creció prácticamente cero por ciento. No es una recesión formal, pero tampoco es crecimiento. Y ningún país puede sostener niveles de bienestar si su producción de bienes y servicios no aumenta, sobre todo cuando su población sigue creciendo.

Para absorber a la nueva fuerza laboral que entra cada año al mercado de trabajo, México debería generar al menos un millón de empleos formales anuales. No está ocurriendo.

Los datos son contundentes: el desplome en el número de patrones registrados ante el Instituto Mexicano del Seguro Social no se vio ni siquiera durante la pandemia.

En 2024 desaparecieron 17,911 patrones. En 2025, 25,668 más. Nunca, en dos años consecutivos, se había observado una caída de esta magnitud.

Esto no es una anécdota estadística: es una señal estructural. Empresas que cierran, que reducen operaciones o que se refugian en la informalidad.

El verdadero problema: informalidad y maquillaje estadístico

México no sufre tanto de desempleo abierto —la tasa ronda el 2.7 por ciento, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía— como de informalidad. Casi el 60 por ciento de los trabajadores están fuera del sector formal.

En la informalidad no aplican:

•    aumentos al salario mínimo,
•    prestaciones,
•    reducción de jornada,
•    seguridad social.

Por eso muchos mexicanos no sienten mayor bienestar, aunque el salario mínimo suba. El problema no es el aumento en sí; el problema es creer que eso sustituye al crecimiento económico.

Puedes subir el salario mínimo al más alto del mundo, pero si no crece la productividad, si no hay inversión, si no se crean empresas, no cambias la realidad: solo maquillas cifras.

Inversión débil, crecimiento débil

Otra narrativa oficial insiste en que la inversión va bien. Los datos dicen otra cosa.

La inversión nacional está colapsada.

La inversión extranjera directa “aguanta” solo porque más del 85 por ciento son reinversiones, no nuevos proyectos. Es decir: empresas que ya están aquí reinvierten utilidades porque no pueden salir fácilmente, no porque el entorno sea especialmente atractivo.

Y aun así, México no crece.

¿Por qué? Porque la inversión no responde a discursos, sino a reglas claras:

•    respeto a la propiedad privada y seguridad
•    certidumbre jurídica,
•    independencia judicial,
•    mercados abiertos,
•    libertad para fijar precios y celebrar contratos.

Cuando esas condiciones se erosionan, la inversión se retrae. No por ideología, sino por simple lógica económica.

Libertad económica y prosperidad: una relación causal

No es casualidad que los países con mayor bienestar estén mejor posicionados en el Índice de Libertad Económica.

Los primeros lugares los ocupan economías como Singapur, Suiza, Irlanda o Taiwán.

México ocupa alrededor del lugar 80 de 184 países: media tabla, catalogado como “moderadamente libre”. Gran parte de lo que aún funciona se sostiene gracias a la apertura comercial heredada del TLCAN, hoy T-MEC, que sigue siendo un ancla de estabilidad.

Donde hay mayor libertad económica, el PIB per cápita es más alto. No por casualidad, sino por causalidad.

El pastel crece, y entonces sí se puede repartir mejor.

El espejismo del tipo de cambio

Ni el peso fuerte es señal de fortaleza estructural, ni la gran devaluación está a la vuelta de la esquina, al menos, no la que el común mide en términos de precio del dólar. 

El peso se aprecia en buena medida porque el billete verde se debilita, como parte de una estrategia global de economías altamente endeudadas —Estados Unidos y Japón incluidos— que han optado por administrar la inflación, no erradicarla.

El problema es mirar el tipo de cambio con mentalidad del siglo veinte.

La verdadera devaluación se mide en activos reales, ya no en dólares. Y ahí el mensaje es claro: el precio del oro -el dinero real contante y sonante- y de la plata en pesos se han disparado. El centenario de oro cotiza en más de 105 mil pesos, y la onza de plata Libertad en más de 1,600 pesos.

No estamos tan mal… pero tampoco estamos bien

México no está al borde del colapso, pero tampoco va en la dirección correcta. Crecer uno por ciento en 2026 —si bien nos va— es prácticamente crecer nada. El propio Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las autoridades hacendarias coinciden en proyecciones mediocres.

El estancamiento no suele ser escandaloso. Es lento, silencioso y corrosivo. Va erosionando oportunidades, empresas, empleos y patrimonio.

Conclusión: macro estancado, micro decisivo

México seguirá estancado en lo macroeconómico mientras no se recupere la inversión, la certidumbre jurídica y la libertad económica. Pero eso no significa que todos estén condenados.

En entornos así, la diferencia la marca lo microeconómico: entender las reglas reales de la economía, crear valor, proteger el patrimonio y no dejarse engañar por narrativas oficiales ni catastrofistas.

No se trata de fanatismos políticos. Se trata de realidad objetiva.

Puedes apoyar al partido político que quieras, como puedes irle al equipo de fútbol que prefieras, pero ignorar la realidad y el marcador no cambiará el resultado.

México no crece. Y mientras no entendamos por qué, seguiremos confundiendo estancamiento con progreso.

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