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Opinión

El Padre Tiempo está invicto

Comentarista de Azteca Deportes

Brad Gilbert, entrenador de leyendas, lo dijo después de ver caer a Novak Djokovic en Nueva York, esta semana en la primera ronda del US Open 2026.

Y John Updike tenía un nombre para ese instante en que el cuerpo empieza a abandonar al campeón:

“La pequeña muerte que espera a todos los atletas.”

Ese umbral llega para todos.

La única diferencia es cuánto consigues retrasarlo.

Djokovic tiene 39 años. El próximo 22 de mayo cumplirá 40.

Durante veinte años pareció encontrar una respuesta para cada pregunta que le planteaba el tiempo. Transformó su alimentación, su entrenamiento, su calendario y hasta la manera de administrar su cuerpo.

Pero el tiempo tiene una particularidad:

No siempre avisa cuando está llegando.

Djokovic no perdía en la primera ronda de un Grand Slam desde 2006, y después de verlo colapsar esta semana en el US Open, Sports Illustrated escribió:

“Para un jugador que construyó su carrera resistiendo más que sus rivales en partidos a cinco sets, aquella noche el guion se invirtió por completo.”

Ésa es quizá la señal más inquietante.

La resistencia siempre fue uno de los grandes superpoderes de Djokovic.

Cuando los demás comenzaban a desaparecer, *él permanecía*.

Ahora The Guardian advierte:

Su cuerpo envejecido es ahora su mayor rival.

Hay algo profundamente cruel en esa frase.

Porque los grandes atletas están educados para derrotar obstáculos.

Un rival más joven. Una lesión. Un marcador adverso. Un estadio en contra.

Durante toda su vida aprenden que rendirse es una traición a aquello que son.

Hasta que un día descubren que el obstáculo ya no está enfrente.

Está dentro.

Tal vez ésa sea la verdadera “pequeña muerte” de Updike.

No ocurre necesariamente cuando anuncias el retiro.

Comienza cuando aparece una distancia entre *lo que sabes hacer y lo que tu cuerpo todavía puede hacer.*

La mente recuerda.

El instinto reconoce el momento.

Los ojos encuentran el espacio.

Pero las piernas llegan una fracción de segundo tarde.

Y en el deporte de élite, una fracción de segundo puede ser un abismo.

The Wall Street Journal se atrevió entonces a formular la pregunta que durante años parecía imposible:

“¿Podría ser éste el momento?”

Porque, escribió:

“El final llega para todos, incluso para Novak Djokovic.”

Pero quizá el tiempo no te quite primero la capacidad.

Quizá te quite la certeza.

Djokovic todavía puede jugar un partido extraordinario.

La pregunta ahora es si puede hacerlo siete veces durante dos semanas para volver a ganar un Grand Slam, el 25 de su carrera.

Ésa es la frontera.

Y por eso su sueño de llegar a Los Ángeles 2028 resulta tan fascinante.

Su ambición todavía dice *sí*.

Pero su cuerpo empieza a decir que *no*.

Y Djokovic no está solo frente a ese umbral.

Lionel Messi nació, como él, en 1987. También tiene 39 años.

Pero Messi acaba de encontrar una respuesta diferente.

Al despedirse de la Selección Argentina escribió una frase que parece pertenecer a esta misma historia:

“Me vacié, ya no tengo más para dar.”

En Djokovic, la ambición permanece mientras el cuerpo empieza a poner límites.

En Messi ocurre algo distinto:

la ambición parece haberse vaciado primero.

Y está LeBron James.

Tiene 41 años.

Este verano pensó seriamente en retirarse, pero decidió irse al otro lado del país, a Philadelphia, para buscar el quinto campeonato de su carrera.

Todavía quiere competir.

Todavía quiere sacrificarse.

Todavía cree que puede volver a ser campeón.

Tres gigantes frente al mismo adversario.

Uno dice: "ya no tengo más para dar".

Otro sueña con llegar dos años más lejos.

Y otro, a los 41, ha decidido jugar una última mano.

Distintas maneras de enfrentarse a aquello que Updike llamó:

“la pequeña muerte que espera a todos los atletas.”

Porque la ambición puede durar más que las piernas.

O puede agotarse primero.

Pero tarde o temprano, algo cede.

A veces el tiempo llega lentamente.

Una lesión.

Una temporada.

Un año sombrío detrás de otro.

Pero otras veces no.

A veces *el tiempo te alcanza de golpe.*

Se te viene encima.

Y nada vuelve a ser igual.

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