En los mercados financieros, pocas variables tienen un impacto tan profundo —y al mismo tiempo tan mal comprendido— como el tipo de cambio. Cuando el peso mexicano se fortalece frente al dólar, la narrativa dominante suele afirmar que la deuda externa baja. Pero la realidad es más compleja: la deuda no disminuye en dólares, pero sí se reduce su carga efectiva en pesos, generando un alivio fiscal real, aunque parcialmente contable.
México mantiene una deuda externa bruta cercana a $657,000 millones de dólares, según cifras del Banco de México. Este monto, expresado en moneda extranjera, no desaparece por efecto cambiario. Sin embargo, su equivalencia en pesos sí cambia de forma significativa. Cuando el tipo de cambio se encontraba en niveles cercanos a $20.50 pesos por dólar en 2022, esa deuda representaba aproximadamente $13.4 billones de pesos. Hoy, con un tipo de cambio en rangos cercanos a $17.00 pesos por dólar, esa misma deuda equivale a alrededor de $11.2 billones de pesos.
En términos prácticos, la carga se ha reducido en más de $2.2 billones de pesos, equivalente a una disminución cercana al 16% en moneda nacional, sin haber pagado un solo dólar de capital. Este efecto no es menor: representa un alivio estructural en la presión presupuestaria, permitiendo que el Estado destine menos recursos al servicio financiero y reduzca su vulnerabilidad inmediata frente a choques externos.
Este fenómeno tiene implicaciones profundas. Primero, reduce el costo financiero del gobierno federal, ya que los pagos de intereses en dólares requieren menos pesos para cubrirse. Segundo, mejora los indicadores macroeconómicos clave, particularmente la relación deuda/PIB medida en moneda local. Tercero, fortalece la percepción de solvencia del país ante inversionistas internacionales, lo que contribuye a mantener la estabilidad financiera.
Pero este beneficio también encierra una advertencia estructural. El fortalecimiento del peso no elimina la deuda, solo reduce temporalmente su presión financiera. Si el tipo de cambio se debilita; el efecto se revierte con la misma velocidad. La historia económica de México demuestra que los ciclos cambiarios pueden transformar rápidamente un entorno de estabilidad en uno de presión fiscal severa.
El peso fuerte actual es resultado de múltiples factores: tasas de interés elevadas, disciplina monetaria, entrada de capital extranjero y la relocalización industrial vinculada al nearshoring. Este entorno ha fortalecido la moneda, pero también ha generado una ilusión de alivio permanente que puede no sostenerse en el tiempo.
La verdadera oportunidad estratégica no es celebrar que la deuda se vea menor, sino utilizar este periodo para fortalecer la estructura financiera del país: refinanciar pasivos, reducir la exposición cambiaria y consolidar la estabilidad fiscal. Porque, en economía, el tipo de cambio no cambia la deuda que existe, pero sí determina el peso real que esa deuda tendrá sobre el futuro económico de la nación.
