Opinión

El pragmatismo bien entendido o las lecciones de Mauricio

Sección Editorial

  • Por: Gerardo Canales
  • 27 Octubre 2025, 00:01

A un mes del fallecimiento de Mauricio Fernández, es momento de reflexionar sobre el legado político y social que dejó este influyente personaje neolonés. Su paso por la administración pública estuvo marcado por decisiones controvertidas, pero también por un compromiso palpable con la modernización y el desarrollo local.

Mauricio Fernández Garza fue, sin duda, un hombre polifacético cuya influencia se percibe en sus acciones como empresario, político y promotor cultural. Una figura polémica e innegablemente influyente en la redefinición de la administración municipal en México, donde sus cuatro administraciones se caracterizaron por una visión disruptiva y confrontativa con los esquemas tradicionales del sistema político-administrativo. Es que en un país donde el aparato de la administración pública se encuentra estigmatizado por la burocracia y la ineficiencia, Mauricio incorporó prácticas de administración empresarial al servicio público, sentando así las bases de modernidad y eficacia que caracterizan la administración sampetrina

Dentro de la multidimensionalidad de su vida y obra, es fundamental reconocer y valorar su faceta de político y gestor público, pues ahí se hallan sus mayores contribuciones a la gestión de los problemas públicos.

Mauricio entendía que la administración pública, en su esencia, está orientada al servicio de la ciudadanía, lo que implica no solo el cumplimiento de normas y procedimientos, sino la generación de valor público efectivo. Desde una perspectiva pragmática, dicho servicio se justifica no por su formalidad institucional, sino por la utilidad concreta: su capacidad de resolver problemas, mejorar la calidad de vida y adaptarse a las necesidades cambiantes de la sociedad. En este sentido, administrar bien es servir con eficacia; es ofrecer respuestas útiles, evaluables y mejorables. Una administración que no genera utilidad falla en su propósito democrático más básico.

En lo político, el pragmatismo de Mauricio se observa en su relación con el poder, el entender que la eficacia va antes que la ideología le facilitó tomar decisiones de manera autónoma y en función del bien común, independientemente de cálculos electorales o dinámicas partidistas. 

La colección de corbatas es un claro ejemplo del pragmatismo de Fernández, el cual se impone con tal fuerza que las formas políticas (rituales, mesura discursiva o respeto a las jerarquías) suelen quedar relegadas o francamente ignoradas. A Mauricio no le interesaba agradar al aparato político ni jugar al papel de “politiquillo” correcto; prefirió resolver, ejecutar e imponer soluciones si es necesario.

El desdén por la liturgia institucional puede resultar incómodo para quienes defienden los protocolos y las formas, pero también revela una idea de gobierno donde la acción pesa más que la apariencia y donde la eficacia justifica la ruptura de las formas.

Como administrador público, nos mostró una faceta más interesante y menos explorada mediáticamente: su estilo de gobierno fue más pragmático que doctrinario. Pavimentar bien, mantener limpio el municipio, profesionalizar la policía, cuidar el orden e imagen urbana y exigir resultados concretos. Gobernar, para Mauricio, no era una cruzada moral, sino una tarea y responsabilidad técnica con visión de largo plazo. De ahí que la gran lección de Fernández sea que el gobierno no necesita ser ideológico para ser eficaz y que los resultados son tangibles: San Pedro, a lo largo de los últimos 40 años, ha sido y es hoy un referente de buenas prácticas.

Mauricio Fernández representa una versión pragmática, liberal y municipalista del panismo, donde aparecen, por un lado, la eficiencia pública como eje rector, la seguridad como primera prioridad y el desarrollo cultural, sin olvidar los valores del bien común y de subsidiariedad. Esta combinación de pragmatismo y principios políticos humanistas refleja que es posible mantener los principios panistas sin caer en el dogmatismo y evitando la demagogia.

Su enfoque ha generado tanto admiración como controversia; sin embargo, lo que es innegable es que su paso por la administración pública dejó una huella profunda en la manera de concebir la administración pública. Al distinguir entre lo político y lo administrativo, Fernández demostró —aunque no fácil— que es posible innovar en la gestión pública sin estar completamente atado al sistema político nacional.

En un país donde la inmensa mayoría de los municipios sigue atrapada entre problemas, corrupción e ineficiencia, mirar a figuras como la del “Tío Mau”, con sus luces y sombras, puede ser el primer paso hacia gobiernos locales más responsables y eficaces.

En un contexto donde las soluciones efectivas son más urgentes que nunca, el pragmatismo se impone como la vía más sensata para enfrentar los desafíos sociales y económicos, dejando atrás el populismo que suele ofrecer respuestas simplistas y apelativas. 

La trayectoria de Mauricio ofrece lecciones urgentes para una administración pública que necesita menos retórica y más eficacia, menos espectáculo y más compromiso con los resultados concretos que con el entretenimiento.

El pragmatismo bien entendido es una apuesta por el análisis y por políticas basadas en evidencias y resultados tangibles que realmente beneficien a la sociedad en el largo plazo. Así, el estilo de Mauricio de gobernar con pragmatismo significa priorizar el bien común y la sostenibilidad, en lugar de discursos grandilocuentes, ideológicos y ocurrencias simplistas a problemas complejos.

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