Hay liderazgos que se construyen lejos del reflector, en esos territorios donde la política deja de ser discurso y se vuelve cuidado. Ahí es donde se ubica la visión de la doctora María de Villarreal.
En el marco del Mes de la Educación Especial e Inclusiva, el Sistema DIF Tamaulipas, bajo su conducción, impulsa una iniciativa que parece sencilla, pero que revela un cambio de mirada: las Funciones Relajadas de cine para niñas y niños neurodivergentes y sus familias, en colaboración con Fundación Cinépolis.
No es solo llevar una película a la pantalla; es reconocer que la inclusión no se decreta, se diseña. Durante años, el discurso público habló de inclusión como si bastara con mencionarla. Pero la realidad es otra: muchas familias que viven el autismo o condiciones sensoriales diversas saben que incluso actividades cotidianas, como ir al cine, pueden convertirse en una experiencia abrumadora.
Ahí aparece el punto ciego de muchas políticas sociales: pensar que todos vivimos el mundo de la misma forma. Las Funciones Relajadas, promovidas también por el Centro de Autismo Tamaulipas, parten precisamente de esa comprensión. Salas con iluminación tenue, volumen moderado y un ambiente flexible donde nadie tenga que pedir disculpas por moverse, hablar o simplemente ser diferente.
Tamaulipas se suma así a los estados que comienzan a entender que la inclusión no se limita a abrir puertas, sino a adaptar los espacios para que todos puedan entrar sin miedo ni incomodidad. Las proyecciones de Hoppers, programadas para el 14, 15, 21 y 22 de marzo en complejos de Cinépolis en Reynosa y Ciudad Victoria, son apenas el inicio de una conversación más profunda.
Hoy lo que en realidad está haciendo es redefinir la política pública. Y en ese terreno, el liderazgo de María de Villarreal no busca aplausos inmediatos; apuesta por algo más complejo y más duradero: construir una sociedad capaz de comprender la diferencia sin convertirla en exclusión.
BETO GRANADOS ROMPE EL REZAGO DEL DRENAJE
Hay problemas que no hacen ruido… hasta que revientan. En Matamoros, los llamados “caídos” pertenecen a esa categoría incómoda: tuberías viejas, enterradas, olvidadas durante décadas, que un día colapsan y convierten una calle cualquiera en un recordatorio brutal de la desidia acumulada.
No son espectaculares como una obra nueva ni lucen bien en fotografías oficiales, pero sostienen, literalmente, la vida cotidiana de la ciudad. Durante años, el drenaje sanitario fue ese asunto que todos sabían que existía y pocos querían tocar. Meterse con él implicaba abrir calles, gastar dinero que no se ve y asumir el costo político de incomodar a los ciudadanos mientras se arregla lo que está debajo. Por eso muchos gobiernos optaron por patear el problema hacia adelante.
El resultado está a la vista: una red hidráulica cansada que, cuando falla, paraliza colonias enteras. En ese terreno ingrato decidió entrar el alcalde Beto Granados, quien asegura que su administración no solo alcanzó la meta de reparar 100 caídos por año, sino que ya suma 241 rehabilitados y se propone cerrar 2026 con más de 300.
Dicho así suena técnico, pero en realidad se traduce en algo simple: menos fugas, menos calles colapsadas y menos riesgos sanitarios. Granados sostiene que la apuesta no es solitaria. El proyecto de 250 millones de pesos para drenaje sanitario ya fue presentado con respaldo del gobernador Américo Villarreal Anaya, mientras la Junta de Aguas y Drenaje de Matamoros opera como brazo técnico de una estrategia que intenta corregir décadas de abandono.
Claro, reparar caídos no da aplausos fáciles. Pero sí evita crisis. Y en una ciudad acostumbrada a lidiar con emergencias hidráulicas, comenzar a cerrar esa herida estructural podría ser, más que una obra pública, un cambio de mentalidad. Porque al final, gobernar también significa hacerse cargo de lo que nadie quiere ver… hasta que se rompe.
¡¡Yássas!!
