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Opinión

El tren que pasa cada cuatro años

Comentarista de Azteca Deportes

Hay trenes que sólo pasan cada cuatro años.

Ayer México despertó mirando una estación vacía.

Durante tres semanas vivimos convencidos de que el convoy que conducía a los cuartos de final terminaría por detenerse frente a nosotros. Lo vimos llegar. Escuchamos el silbato. Tuvimos el boleto en la mano.

Pero lo vimos partir desde el andén.

No por falta de corazón.

Sino porque todavía hay cosas que aprender.

Porque tanto el fútbol como la vida rara vez premian únicamente el entusiasmo. También exigen oficio. Serenidad. Madurez. Ese conocimiento silencioso que sólo dejan los grandes viajes.

Y, sin embargo, qué felices fuimos.

Felices como pocas veces. Felices con la garganta rota. Felices como un país entero tomado del hombro. Hacía mucho tiempo que la selección no conseguía reunir a México alrededor de una misma ilusión. Eso también cuenta. Eso también permanece cuando el marcador ya es historia.

Las derrotas tienen la mala costumbre de enseñarnos aquello que las victorias suelen esconder. Por eso conviene mirar esta eliminación sin rabia y sin resignación. Con la serenidad de quien entiende que el destino no se perdió para siempre. Simplemente habrá que esperar al siguiente tren.

Mientras México veía desaparecer el suyo, el calendario siguió escribiendo historias.

Horas después, Cristiano Ronaldo llegó a la misma estación.

Sólo que a él no se le escapó el último tren.

España le negó el boleto.

Le cerró la puerta.

Así terminó el viaje mundialista de un futbolista que persiguió la misma copa durante más de dos décadas. Incluso las leyendas descubren, tarde o temprano, que existen destinos a los que no basta con querer llegar.

España avanzó con la precisión de un cirujano. Paciente. Fina. Precisa. Sin una maniobra de más. Los cuartos de final ya la esperan.

Y en Seattle, Bélgica y Estados Unidos se encontraron en otra estación. Se miraron a los ojos. Se tomaron por las solapas. Se disputaron el derecho a seguir viajando.

Al final, Bélgica terminó por borrar del mapa del Mundial a la Concacaf.

Con la caída de Estados Unidos, Norteamérica se quedó sin pasajeros en este viaje. La Concacaf bajó del tren. También Asia. También Oceanía. En el trayecto continúan Sudamérica, África y una Europa que, una vez más, llena la mayoría de los vagones.

Porque cuando un torneo alcanza estas alturas, nadie viaja con equipaje ligero.

Cada selección carga en la maleta todo lo que ha construido durante años.

Y todas saben lo mismo: basta un solo tropiezo para quedarse, para siempre, en el andén.

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