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Opinión

El valor de la chiquillada en democracia

Política e Historia

En México cohabita una pluralidad muy amplia de culturas y subculturas; el secuestro de los partidos a la participación política activa provoca la exclusión de grupos minoritarios. Acabar con los partidos “chiquillada” clausura la apertura lograda de inclusión.

El caso de Morena como partido emergente no es representativo de la inclusión; su nacimiento fue producto de la exclusión a “ya sabes quién” de los liderazgos y con él se dio la fuga de miles, quienes prefirieron el proyecto en la nómina —perdón— en la ideología radical amloista, por sobre la permanencia en un perredismo contaminado por la ambición de grupúsculos.

Con excepción del PRI actual, el resto de la chiquillada nació como expresión para grupos excluidos, así nacen las inclusiones a la diversidad sexual, ambientalistas, animalistas, laboristas y otros sectores de la población.

Incluso hubo el experimento del partido del magisterio, con causas definidas, pero que, ante la ausencia de liderazgo entre sus bases por parte de la doña teacher, aquello nunca fraguó.

La existencia de partidos minoritarios no es exclusiva de México. En Europa, países como Francia y Alemania son ejemplo del pluripartidismo; los hay de ideologías diversas y también aquellos en favor de causas específicas, como el calentamiento global o el medio ambiente.

Maurice Duverger, en su clásico de los 50 del siglo pasado, Los partidos políticos, deja en claro el valor que puede representar la chiquillada en las democracias plurales como la nuestra.

En el caso de México no ha existido una fórmula que favorezca la representación minoritaria de las chiquilladas; quizá porque su nacimiento es incierto, quizá porque son reductos de fracturas o de la formación de excluidos en los partidos llamados grandes.

La chiquillada tiene una misión clara en el Poder Legislativo: dar voz a los excluidos, a causas concretas que muchas veces están pulverizadas y, por ello, es difícil que ganen elecciones en el Poder Ejecutivo.

Pongamos de ejemplo que surja “el partido de la seguridad”. Sin duda aglutinaría militantes por todo el país, pero es probable que sus votos locales o regionales no le alcancen para ganar una gubernatura o alcaldía, por la pulverización de sus simpatizantes en espacios focalizados.

Es prioridad cambiar la legislación electoral, sí, pero no con el interés por extinguir la chiquillada. Se debe promover la participación de los partidos en forma diferenciada; es decir, que no sea requisito presentar candidatos a los cargos de elección para el Poder Ejecutivo. Así, las minorías pueden contender por espacios de visibilidad en el Poder Legislativo y, desde ahí, crecer. Los presupuestos asignados deben disminuir, pero aumentar las participaciones en radio y televisión para hacerlas más igualitarias y menos inequitativas en los medios de comunicación; se debe mantener un porcentaje mínimo de votos alcanzados y establecer la representación proporcional con base al porcentaje de votos, pero con los legisladores surgidos desde la primera minoría y no de listas cupulares.

La reforma electoral tiene que contemplar condiciones diferenciadas para los poderes Legislativo y Ejecutivo; aunque sean concurrentes, no son iguales y en la actualidad se miden con el mismo rasero.

Sin chiquillada quedamos expuestos a otro 1910, 1926 o 1968. Parafraseando a Carl von Clausewitz, evitemos que la guerra sea sustitución de la política. Las minorías excluidas pueden volverse peligrosas en la democracia.

Exclusión y represión son hermanas gemelas en la antidemocracia.

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