Habrá que replantearse esta dicotomía tan interesante hoy en día. Por un lado, ser educador, maestro, docente o profesor es todo un honor o privilegio, porque servir a nuestros congéneres desde tan bello espacio no tiene par. Ser maestro significa estar en perfecta concatenación con nuestros jóvenes y niños de la comunidad; también denota entrega total al servicio de la educación, independientemente del monto monetario como contraprestación. Es, además, establecer vínculos interactivos donde brillan la paciencia, la vocación y el espíritu de enseñar a los que se presume que saben menos. Es toda una profesión cabal y humanista.
Por otro lado, enseñar incluye dar cátedra de una disciplina del saber. Pero esto no significa, literalmente, que se es un maestro en toda la extensión de la palabra. Porque esta concepción (maestro) trae consigo la inherencia de conocer determinado método didáctico y/o pedagógico para proporcionar “saber” a un determinado grupo de alumnos. Es llevar de la mano a nuestros estudiantes hacia la adquisición de un pensamiento científico y crítico. Conlleva educación integral.
Recuerdo con alegría, y con nostalgia al unísono, cuando en nuestra mente vino la idea de ser profesor de educación primaria; eran los inicios de los setenta. Sí, orgullosa y afanosamente profesor de educación primaria, así reza el título de la escuela formadora de docentes regiomontana Normal Miguel F. Martínez; una de las mejores de la época. Más no la única.
Acabábamos de concluir la educación secundaria cuando esos pensamientos epopéyicos cruzaron el sistema neurológico del cerebro; para precisar, era mayo de 1973. Sabíamos perfectamente bien qué era lo que nos esperaba: grupos de alumnos demasiado numerosos; alrededor de 45 niños, y en comunidades “difíciles”.
La oferta era muy atractiva debido a que, desde el cuarto grado profesional, ya el gobierno te entregaba la responsabilidad de un grupo como titular; teníamos, la gran mayoría de normalistas, 17 años mozos y con pago mensual aproximado de $3,600 pesos. Excelente cantidad de dinero y ¡aún éramos adolescentes! Sin embargo, la obligación moral nos acarreaba a proporcionar recursos a nuestros padres. Era la impronta de la época. ¡Qué bellos tiempos!
Al egresar de nuestra “alma mater”, teníamos varias opciones para continuar con nuestros estudios. Por un sendero estaba la todavía gloriosa Escuela Normal del Estado; por otro, alguna facultad de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Incluso, había opciones de escuelas particulares como el Tecnológico de Monterrey, La UDEM, la Universidad Regiomontana, etcétera; claro que iba en proporción de las posibilidades económicas de cada quien. Muchísimos optamos por la Normal Superior Moisés Sáenz Garza, porque al salir de la Normal Básica nos dieron nuestra plaza definitiva fuera del área metropolitana. Estudiamos seis veranos consecutivos para ser maestros de secundaria. El egreso de esta maravillosa institución de educación superior fue en agosto de 1983, con 24 primaveras sobre nuestro lomo.
La gran mayoría, al graduarse de la ENSE, era ganadora de siete horas de su especialidad para ya trabajar, además de su primaria, en una secundaria. ¡Súper felices los compañeros maestros! Mucha oferta y mucha demanda.
Nuestra metrópoli se fue saturando de manera espiral positiva y, por consiguiente, las escuelas del centro de la ciudad se fueron vaciando de alumnos de forma natural. El trabajo docente ya era necesario y urgente en la periferia.
Los enormes candados para ejercer la docencia se dieron cuando la política se recrudeció en nuestra contra: a principios de la segunda década de este milenio. Se enfatizó otra vez, en contra del magisterio, la expresión “compatibilidad de empleo, cargo o comisión”. Es más, se satanizó. La oferta ya no era tan atractiva. Los exámenes de “oposicionitis” invadieron las oportunidades de ingreso, escala horizontal y vertical. Y, de ribete, la famosa Carrera Administrativa (exclusiva para el personal de apoyo y de asistencia educativa) nunca arrancó.
Así las cosas, pregunto: ¿Qué tan pertinente es estudiar o no para maestro en esta parte del siglo XXI? La verdad como es. Se tenía que decir y se dijo. Hasta la próxima.
