Cada vez que el dólar muestra fortaleza, resurgen las explicaciones fáciles. Que si el poder militar de Estados Unidos; que si el tamaño de su economía; que si, en el fondo, todavía lo respalda el oro. Son argumentos recurrentes, cómodos y, en esencia, incompletos.
El verdadero respaldo del dólar no es físico. No está en Fort Knox. No descansa en portaaviones ni en bases militares alrededor del mundo. Tampoco se explica únicamente por el volumen del PIB estadounidense. El fundamento real del dólar es mucho más profundo y menos espectacular: la fortaleza institucional de Estados Unidos.
En los sistemas monetarios modernos, el dinero fiat no está respaldado por metales preciosos, sino por deuda soberana. Los dólares, técnicamente, encuentran sustento en los bonos del Tesoro. Pero incluso esa afirmación es insuficiente. Un bono no vale por el papel en el que está impreso ni por la promesa abstracta que contiene. Vale porque existe un entorno institucional que garantiza el cumplimiento de contratos, la protección de la propiedad privada y la estabilidad jurídica.
Ahí está la diferencia crucial.
Estados Unidos mantiene mercados abiertos, libre movilidad de capitales, tribunales independientes, división efectiva de poderes y alternancia política real. Puede gustar más o menos su política exterior, su nivel de endeudamiento o sus disputas internas, pero lo que sostiene la confianza global en el dólar es la existencia de un marco legal que limita el poder político. Cuando el Ejecutivo se excede, el Legislativo y el Judicial pueden frenarlo. Ese equilibrio no es decorativo; es el ancla invisible de la moneda.
Por eso, la reciente decisión de la Suprema Corte, que acota facultades arancelarias del presidente, no es un detalle menor. Más allá del debate comercial, el mensaje estructural es claro: el poder no es absoluto. Y esa previsibilidad institucional es la que permite que capitales de todo el mundo sigan refugiándose en activos denominados en dólares, incluso en momentos de tensión geopolítica o de déficits fiscales históricos.
Quienes sostienen que China está destinada a reemplazar al dólar suelen omitir este punto esencial. No basta con tener tamaño económico o poder manufacturero. Sin libre movilidad de capitales, sin independencia judicial, sin protección robusta de la propiedad privada y con un sistema altamente centralizado, es difícil construir la confianza global que exige una moneda de reserva. El dinero no busca solo crecimiento; busca reglas claras y previsibles.
Europa, por su parte, enfrenta sus propios dilemas. El exceso regulatorio, el intervencionismo y la fragmentación política han erosionado su dinamismo. No es casual que, medido en términos per cápita, el estado más pobre de Estados Unidos supere a varias economías del sur europeo. La prosperidad sostenida no nace de subsidios ni de planificación centralizada, sino de instituciones que incentivan la inversión, la innovación y la acumulación de capital.
Nada de esto significa que Estados Unidos sea perfecto. Su nivel de deuda es el más alto de la historia en términos absolutos, y sus desafíos fiscales son reales. Pero la fortaleza institucional le permite financiarse, adaptarse y corregir excesos sin romper el sistema. Esa capacidad de autocorrección es, precisamente, el respaldo último del dólar.
Para México, entender este punto no es un ejercicio académico. Nuestra economía está profundamente integrada a la estadounidense. Mientras el vecino del norte conserve su solidez institucional, el entorno externo seguirá ofreciendo un ancla relativa de estabilidad, aun en medio de la volatilidad.
En un mundo saturado de narrativas sobre el “fin del dólar”, el ascenso imparable de los BRICS o el colapso inminente del orden financiero, conviene revisar los fundamentos.
La fortaleza de una divisa no está en su papel, sino en las instituciones que la sostienen y, guste o no, la Unión Americana tiene las más fuertes.
