Equidad de género: entre la justicia económica y el falso feminismo de superioridad
Columna Invitada
La economía en la era del feminismo exige una distinción clave: equidad no es sustitución, y mucho menos superioridad.
La discusión madura no gira en torno a quién domina, sino a cómo se distribuyen oportunidades, responsabilidades y poder productivo en una sociedad que necesita crecer. Los datos son contundentes.
En México, la participación económica femenina ronda el 45%, mientras que la masculina supera el 75%.
Esa brecha implica millones de mujeres fuera del mercado formal.
El costo no es simbólico: organismos internacionales estiman que cerrar la brecha laboral de género podría elevar el PIB entre 5% y 15% en economías emergentes. No se trata de ideología, sino de eficiencia productiva. Sin embargo, la narrativa pública ha comenzado a polarizarse.
Por un lado, una agenda legítima de equidad salarial, acceso a financiamiento y combate a la violencia económica.
Por otro, corrientes que plantean una lógica de confrontación, donde el objetivo deja de ser igualdad de oportunidades y se convierte en una narrativa de reemplazo o superioridad. Esa distorsión el “falso feminismo” de supremacía no construye capital social ni crecimiento sostenible; genera fricción, incertidumbre y desconfianza en el entorno laboral.
La evidencia empresarial es clara: compañías con diversidad de género en sus consejos tienden a mostrar mejores indicadores de gobierno corporativo y mayor resiliencia en crisis. Pero la diversidad funciona cuando integra talento complementario, no cuando excluye.
La economía moderna demanda cooperación estratégica, no competencia identitaria. Además, el verdadero desequilibrio estructural no está en una supuesta guerra de géneros, sino en la informalidad, la falta de políticas de conciliación laboral y la carga desproporcionada del trabajo no remunerado.
En México, el valor económico del trabajo doméstico y de cuidados equivale a cerca del 20% del PIB si se midiera monetariamente.
Esa es la conversación pendiente: cómo redistribuir cargas sin destruir cohesión social. La equidad de género implica igualdad ante la ley, acceso a educación STEM, crédito productivo, seguridad jurídica y condiciones laborales justas. No implica desplazar, sino integrar.
No busca imponer superioridad moral, sino equilibrar asimetrías históricas que limitan el crecimiento.
En un país con bajo crecimiento potencial y presión fiscal creciente, excluir talento sea masculino o femenino es un error estratégico. La prosperidad sostenible nace de la cooperación y del mérito, no de la revancha ideológica.
La economía no necesita supremacías; necesita sinergias. La verdadera fortaleza no está en sustituir, sino en complementar.
