Solía decirse que en Nuevo León había mucha gente mocha: no tanto en términos religiosos, sino dirigido a personas que califican la reputación de los demás a partir de su hipocresía.
Aplican, sin saberlo, eso que criticaba en un soneto Lope de Vega: “creer sospechas y negar verdades”.
Aunque no podemos olvidar a nuestro olvidado paisano dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón que hablaba de la “verdad sospechosa”.
Las personas mochas condenan la conducta de las mujeres que deciden libremente qué hacer con su vida; reprueban a quienes piensan diferente a ellas, o a quienes tienen creencias que no coinciden políticas con las suyas. ¿Es usted mocho? A lo mejor lo es sin darse cuenta.
Este reduccionismo de los humanos a una sola forma de ser, como exigen los mochos, restringe la libertad de elegir.
Es como el chocolate: es cierto que nació en México (yo digo que nació en Villaldama y es de origen tlaxcalteca) pero el chocolate también se puede tomar a la francesa y es igualmente sabroso
O sea, en la diversidad está el gusto.
La palabra “mocho” no tiene origen preciso. Lo más probable es que provenga de los sombreros “mochos” que usaban los clérigos en el siglo XIX, sombreros cuyas alas no estaban completas, sino aparentemente partidas a la mitad.
Otro supuesto origen alude a Antonio López de Santa Anna, quien como le faltaba una pierna que le voló un cañonazo en Veracruz y usaba una de palo, no estaba completo, estaba “mocho”.
Si la gente de Nuevo León antes éramos muy mochos, ya se nos quitó… incluso de más.
También era lugar común referirse a los panistas como muy “mochos”, muy persignados. Pero ya no.
Desde que el PAN lo asaltó la Santísima Trinidad, la imagen de los políticos del PAN cambió. Y no para bien. Ya no son mochos, ahora son pragmáticos en el peor sentido de la palabra. Allá ellos y los que votan por ellos.
