¿Conoces a alguien con diabetes o tú mismo la padeces? Es una pregunta incómoda, pero cada vez más necesaria. En México, la respuesta suele ser sí. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) y el Inegi, alrededor del 14% de los adultos mexicanos vive con diabetes, y lo más alarmante es que una proporción significativa ni siquiera lo sabe. Casi uno de cada cinco padece diabetes. A nivel mundial, organismos como la Organización Mundial de la Salud sitúan a México entre los países con mayor prevalencia de diabetes, ubicándolo consistentemente dentro de los primeros lugares en América Latina y entre los más afectados del mundo.
La semana pasada estuvimos en misiones católicas en familia en un poblado de Cadereyta Jiménez. Fue una experiencia profundamente humana… y también profundamente reveladora. Al visitar casa por casa, algo me impactó: en la mayoría de los hogares había un duelo reciente. Un padre, una madre, un hermano. Y, en muchos casos, la causa número uno era la diabetes.
No estamos hablando de estadísticas frías. Estamos hablando de sillas vacías en la mesa.
Creo que es muy importante que, como mexicanos, nos tomemos este tema más en serio. Estamos despidiendo a familiares, esposos, hijos… personas que, con información oportuna y mejores hábitos, quizá hoy seguirían entre nosotros.
¿Por qué hablar de alimentación en una columna sobre familia? Porque la educación alimentaria no empieza en el consultorio, empieza en casa. En la cocina. En lo que compramos. En lo que normalizamos.
México ocupa también los primeros lugares en consumo de refresco y en obesidad. No debería sorprendernos, entonces, que también destaquemos en diabetes. Y, más preocupante aún, muchas personas no están diagnosticadas y muchas de las que sí lo están… no se cuidan.
El libro Your Brain on Food explica con claridad algo que solemos ignorar: somos, literalmente, lo que comemos. La calidad de nuestros alimentos no solo impacta el cuerpo, sino también la mente. Dietas deficientes están relacionadas con obesidad, deterioro cognitivo y problemas de salud mental.
En la misma línea, el libro La revolución de la glucosa, de la bioquímica Jessie Inchauspé, ofrece ideas prácticas para controlar los picos de glucosa. Algunas de sus recomendaciones incluyen: “No es solo lo que comes, sino el orden en que lo comes lo que cambia tu glucosa.”
Entre los hábitos que propone están: tomar una cucharadita de vinagre antes de comer, comenzar las comidas con verduras y dejar los alimentos dulces al final, acompañándolos de grasas saludables como nueces o almendras.
No se trata de modas, se trata de supervivencia.
Hoy en día, muchos psiquiatras y psicólogos entienden la depresión como una enfermedad inflamatoria. Y esa inflamación, en gran parte, comienza con lo que comemos. El intestino y el cerebro están profundamente conectados a través del nervio vago; lo que inflama uno impacta al otro. Así, una mala alimentación puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión e incluso problemas de atención.
Esto no es un tema menor. Es un tema urgente.
¿Quieres una familia fuerte, saludable y feliz? Empieza hoy. Habla con los tuyos sobre lo que comen, sobre cómo se sienten, sobre cómo pueden mejorar juntos. No esperemos a que las cifras se conviertan en nombres propios. No esperemos a que la estadística toque la puerta de nuestra casa.
Porque cuando eso pasa… ya es demasiado tarde.
Dra. Marysol Flores Martínez
TEDx Speaker · Autora · Consultora · Familióloga
Dra. en Liderazgo y Desarrollo Humano
Maestría en Psicología Neuroeducativa
Maestra de cátedra del Tec de Monterrey
Fundadora de @familiaviva.mx
