Opinión

Espejismo y realidad de las envidias internacionales

Sección Editorial

  • Por: Ramón Cabrera
  • 09 Julio 2026, 00:00

En días recientes, ha tomado fuerza en diversos círculos mediáticos y en redes sociales una narrativa impulsada por ciertos comentaristas argentinos. El argumento central, por llamarlo de alguna manera, es que los mexicanos albergamos una envidia profunda hacia su nación, un resentimiento crónico derivado de un supuesto deseo oculto: querer ser, a toda costa, como ellos. Esta tesis, más allá de lo pintoresco, merece ser desmenuzada no por su profundidad intelectual, sino por lo que revela sobre la desconexión con la realidad de quienes la sostienen.

Como cualquier persona sabe, ningún país es una isla de virtudes absolutas ni un abismo de defectos irremediables. Argentina, con su innegable riqueza cultural y literaria, posee aspectos loables que cualquier nación podría admirar. Sin embargo, existe una distancia abismal entre el reconocimiento de esas virtudes y el deseo patológico de emular una forma de vida que, en los hechos, no coincide con nuestros valores. ¿Qué mexicano, en pleno uso de sus facultades, desearía voluntariamente la realidad de un país atrapado en una inestabilidad macroeconómica recurrente, con niveles de inflación que devoran el poder adquisitivo y un tejido social fragmentado por años de crisis?

Este conflicto parece avivarse durante las grandes justas deportivas, donde las pasiones, lejos de ser un ejercicio de sana competencia, se exacerban hasta alcanzar niveles de toxicidad innecesarios. Lo vimos recientemente en el caso de Ecuador, rival directo de México, y ahora con Argentina, competidor en el mismo ecosistema mundialista. En estos escenarios, el futbol se convierte en un arma en la que el chovinismo sustituye al análisis. 

Para ciertos sectores, ganar un torneo —envuelto en sombras y sospechas de favoritismos arbitrales que rozan el trato de “doncellas de la corte celestial”— se interpreta como una patente de corso para dictar lecciones morales a todo el continente. Pero ganar partidos no equivale a construir instituciones, estabilizar economías, asumir principios, generar costumbres ni ofrecer modelos nacionales dignos de imitación. Confundir la gloria deportiva con el prestigio nacional es un síntoma de miopía intelectual.

No obstante, para mantener una mirada honesta y equilibrada, debemos ser capaces de mirar nuestra propia casa con el mismo rigor con el que evaluamos a los demás. 

Si bien México es un país que, por su cultura, su gastronomía y su calidez, genera una profunda fascinación y un deseo genuino de pertenencia en muchos extranjeros, también debemos reconocer que nuestra realidad no es idílica. Habría que ser muy ingenuos o estar cegados por el nacionalismo, para no admitir que los niveles de criminalidad y la violencia sistémica que nos han azotado en los últimos años representan una mancha en nuestra reputación y una herida profunda en nuestro tejido social.

Esos son problemas que nos duelen y que nos ocupan día con día. Reconocerlos no es un acto de debilidad, sino de madurez. Sin embargo, la existencia de estos desafíos no valida la narrativa del “querer ser ellos”, ni tampoco confirma ciegamente la de que “quieran ser nosotros”. Al contrario, refuerza la idea de que cada país tiene sus propias batallas; las nuestras, en materia de seguridad, son urgentes y prioritarias, pero no se resuelven mirando hacia el Cono Sur, sino haciendo una profunda introspección.

Ahora bien, no es casualidad que el clima de hostilidad en estos tiempos se perciba tan intenso en el contexto de la justa internacional. Incluso, hemos visto en años recientes cómo los discursos provenientes desde las esferas del poder —incluida la retórica de la autodenominada 4T en México y las respuestas de otros mandatarios de la región— han priorizado la confrontación mediática sobre la diplomacia tradicional. 

Así, al convertir las diferencias ideológicas en espectáculos de redes sociales, se fomenta una polarización que, al filtrarse hacia la ciudadanía, termina por envenenar también el terreno deportivo y cultural, convirtiendo al “otro” no en un vecino o competidor, sino en un adversario simbólico a quien hay que descalificar.

A quienes insisten en este relato de superioridad basada en la cancha, les recomendaría un poco más de introspección. La vida de una nación es demasiado vasta para ser encapsulada en un resultado de 90 minutos. El mexicano contemporáneo está ocupado construyendo su propio destino, resolviendo sus carencias y defendiendo sus valores, sin tiempo para envidiar realidades ajenas que, a decir verdad, padecen sus propios y severos males.

Así que, a quienes desde la Patagonia hasta Buenos Aires se preocupan tanto por nuestras emociones, les diría: guarden sus complejos para el análisis interno. En este México que reconoce sus heridas, pero que celebra su resiliencia, no hay espacio para la envidia. 

Hay mucho por construir y una realidad demasiado compleja como para cambiarla por el espejismo de una narrativa futbolera que, al final del día, es un vacío que no alimenta ni construye el mañana. 

México no necesita envidiar ni idealizar a nadie; necesita corregirse a sí mismo sin aceptar complejos ajenos.

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