Mire usted lo que son las cosas. En septiembre pasado, el Congreso de Nuevo León hizo lo que en Tamaulipas nadie se atrevió.
Pedirle a la federación que cierre temporalmente la frontera sur al ganado centroamericano. ¿La razón? Por ahí se nos coló el gusano barrenador, y los gringos ya nos cerraron su frontera.
Vaya paradoja: tenemos la puerta del norte clausurada y la del sur abierta de par en par. Las cuentas duelen. Sólo en Tamaulipas, 98,000 becerros se quedaron varados y la ganadería local dejó de percibir cerca de $100 millones de dólares, según Juan Miguel García, presidente de la Asociación de Exportadores.
A nivel nacional, la CNOG calcula pérdidas por $700 millones de dólares y $15,000 millones de pesos sumando costos extras. El bicho ya está aquí: 19 casos activos en 12 municipios tamaulipecos. No es amenaza, es presente. Hay que reconocer al gobernador Américo Villarreal: blindó al estado y soltó $80.7 millones en apoyos. Pero blindar Tamaulipas mientras la federación deja abierta la puerta sur es como techar una casa con el cimiento hundido. Y aquí va la pregunta de los $700 millones de dólares: ¿dónde está el Congreso de Tamaulipas?
¿Por qué no ha replicado, con la fuerza que merece el estado más golpeado, el exhorto que aprobó Nuevo León? Los ganaderos hablaron. Los empresarios hablaron. Los diputados locales siguen mudos. Y ese silencio, créame, ya empieza a sonar raro.
EL VALOR DE DECIRLO EN VOZ ALTA
En política mexicana, reconocer un error suele costar más que cometerlo. Por eso lo que hizo esta semana Tania Contreras merece, cuando menos, una pausa antes del juicio fácil. La presidenta del Poder Judicial de Tamaulipas admitió que sus jueces tienen “deficiencias técnicas, operativas y administrativas”.
Pudo haberlo callado. Pudo haber esperado a que la oposición se lo gritara en tribuna. Eligió decirlo ella, con sus palabras, en su tiempo. Y eso, en un país donde los funcionarios prefieren morir abrazados a sus comunicados, se agradece.
Porque el primer paso para corregir es reconocer dónde están las debilidades. Quien no las ve, no las arregla. Quien las niega, las multiplica. Tania las nombró, y al nombrarlas las puso sobre la mesa para que se trabajen.
No es casualidad que su nombre empiece a sonar con fuerza en las conversaciones sobre la sucesión. Una mujer que no le teme a decir las cosas con claridad, que llegó con 200,000 votos propios, que ha movido la maquinaria judicial en ocho meses y que ahora se atreve a la autocrítica pública, suma capital político del que escasea en Tamaulipas.
Le quedan retos grandes por delante, sin duda. Pero esta semana mostró algo que no se enseña en ninguna escuela de derecho: la honestidad de quien sabe que el cargo no se defiende fingiendo perfección, sino trabajando los pendientes. Y los pendientes, los nombró.
¡¡Yassás!!
