Opinión

Formar buenas personas…

Sección Editorial

  • Por: Francisco Gómez
  • 03 Septiembre 2026, 00:00

1. …debería ser el objetivo de la educación. Esta semana y las inmediatamente previas han estado impregnadas de notas sobre el tema educativo: la repetición del examen para ingresar a la UNAM, a causa de las dificultades que trajo consigo la prueba en línea; la discusión sobre el uso de celulares, tabletas y laptops en primaria y secundaria; la duplicación del rezago educativo —hace 10 años, seis de cada 100 infantes no asistían a la escuela, cuando hoy suman 11—; el incremento del tráfico en las grandes ciudades por el regreso a clases de niños y adolescentes, etc.

2. Estos temas, siempre coyunturales, no escapan a la pregunta estructural: ¿cuál debería ser el objetivo de la educación? Recuerdo la evolución que en algunos sectores sociales, casi siempre de clases medias, han tenido los criterios para escoger la escuela, más bien el colegio, de sus hijos. A mediados del siglo pasado, una buena institución educativa era aquella que ofrecía clases de religión; hacia fines del mismo, la inclusión del inglés en el plan escolar era básica; y a inicios de esta centuria, la computación se convirtió en la carta de presentación fundamental.

3. En nuestra cultura regio-smpetrina, siempre aspiracionista, nos dirían en el sexenio pasado, era necesario que los papás hicieran esfuerzos monumentales para costear el ingreso de sus hijos a los planteles de prestigio, sin que fuera indispensable ni la instrucción religiosa, ni la inglesa, ni la computacional: lo importante era el roce que se adquiría con los compañeros, al convivir con hijos de prominentes empresarios o con sus empleados, lo que garantizaba ascenso social futuro. Era más relevante con quién se compartía el aula y menos los contenidos que ahí se recibían.

4. Y al elegir la carrera, la proyección era clara: escoger una que te facilitara ingresar con posibilidades de éxito al mundo del trabajo, de ahí que proliferaran especialidades ingenieriles para equipar a nuestra famosa industria. No siempre los estudiantes de medicina soñaban con encontrar el remedio contra el cáncer, los de leyes con luchar por la justicia en favor de los más desprotegidos, ni quienes querían ser psicólogos lo pretendían para mejorar la salud mental de la población. Lo importante era titularse para encontrar trabajo y, de ser posible, ganar mucho dinero.

5. Y llegó la inteligencia artificial, con sus ilimitadas posibilidades. Ha representado un problema, sobre todo para profesores, porque ahora tienen que implementar herramientas para detectar si el alumnado la utiliza para la redacción de sus tareas. Pero también ha exponenciado las capacidades de estudiantes hábiles para la cibernética, que encuentran en ella un utensilio que facilita su desempeño. El currículum académico dejó de centrarse en los “qués” de la vida, para privilegiar los “cómos”, y ya no importa investigar, sino descubrir con rapidez lo que otros han escrutado.

6. Mi amigo Bernardo Kliksberg ha enfatizado que el objetivo central de la educación no debe ser solo actualizar al alumnado en los últimos avances de la tecnología; ni siquiera capacitarlo para acceder sin dificultad al mercado laboral, sino formar buenas personas: honestas, críticas, congruentes, sensibles ante las injusticias, con voluntad participativa, generosas. Este propósito no es temporal, no se reduce a la instrucción básica y media, sino que abarca también la profesional y la extracurricular… como vivir un diplomado en filosofía, por ejemplo.

7. Cierre icónico. Participé el pasado domingo en el maratón de CDMX. Se calcula que arrojó una derrama económica de $1,000 millones de pesos, entre los gastos realizados por los participantes en hoteles, restaurantes y traslados, más los devengados por sus familiares. Como sucede con otras metrópolis, la ciudad asume el evento, y obtiene esa ventaja turística. ¿Y entre nosotros? Los municipios de Monterrey y de San Pedro, por donde pasa la carrera, no solo no lo hacen suyo, sino que lo bloquean. ¿Será que no les interesa ese beneficio económico? Porque está claro que el deportivo no.

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