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Opinión

¿Guerra por el nuevo orden mundial?

Luz sobre luz

Le escuché a un buen amigo decir que lo que está detrás del conflicto entre Israel e Irán no es una guerra religiosa, sino que “es la lucha del capitalismo contra el comunismo (sic), pues Israel representa al primero e Irán al segundo”.

Su argumentación era que Irán es aliado de China y Rusia, y del bloque BRICS, que —según mi amigo, y lo cito porque así piensa mucha gente— son los impulsores de los regímenes socialistas y comunistas en el mundo.

Respeto mucho a ese amigo, pues es una persona muy informada en muchos ámbitos, pero le respondí que no coincidía en lo absoluto con su afirmación, la cual me parece que es, en parte, el resultado de la excesiva propaganda llena de aseveraciones falsas que, desde ambas trincheras del conflicto, se difunde continuamente para hacer que la gente tome partido: en este caso, a favor de Israel; en otros, a favor de Irán.

Tampoco creo, en lo absoluto, eso que también parece estar de moda afirmar: que los católicos y cristianos en general están llamados a defender a capa y espada a Israel “porque lo dice la Biblia”.

Y no lo creo, no porque no sea religioso, sino porque debería ser bastante obvio que el “Israel” del que habla la Biblia corresponde a una sociedad de miles de años atrás y nada tiene que ver con el Estado artificial moderno que ocupó tierras ilegalmente y que convenientemente acuñó el antiguo nombre bíblico.

Incluso, la afirmación de que los actuales ocupantes de Israel descienden de las tribus hebreas originales es polémica (los judíos asquenazíes, que son la mayoría, tienen claros rasgos europeos y no medio orientales), pero esa es una discusión interminable y que despierta demasiadas pasiones.

Pero volvamos al supuesto dilema capitalismo–comunismo (o socialismo) de este conflicto armado que acaba de suscitarse; conflicto que, por cierto, si bien pareciera haber terminado, conlleva tensiones permanentes en la zona que no van a cesar fácilmente.

¿Capitalismo contra comunismo? Difícilmente.

Habría que notar, primero, que Irán no es ni socialista ni comunista en lo más mínimo. Desde ciertas perspectivas, se pudiera decir que es lo opuesto, sobre todo en la parte ideológica.

Irán es una “república islámica teocrática”, lo que quiere decir que es un gobierno donde la fe religiosa y las leyes civiles no están separadas, sino que el Estado relaciona su normativa al dogma religioso, y el gobierno profesa y hace oficial una sola religión. Su manera de pensar es ultraconservadora y es casi la antítesis de las ideas liberales y progresistas que suelen representar a la “izquierda” socialista y comunista. 

El de Irán es un gobierno fundamentalista y, en este sentido, es más parecido al de Israel de lo que la mayoría cree, pues ambos son gobiernos teocráticos: los principales de la región, junto a Arabia Saudita.

De hecho, el conservadurismo iraní y su rechazo a la ideología “progre” y “woke” son rasgos que, irónicamente, comparte con el conservadurismo que ha impulsado Donald Trump y buena parte de los votantes republicanos en EUA. ¿¡Qué tal!?

Por otro lado, Rusia tampoco es hoy socialista ni comunista. La Unión Soviética dejó de existir hace unos 35 años, y el régimen comunista ruso fue desmantelado completamente, así como su apoyo a los movimientos de izquierda en el mundo.

La Rusia actual es una nación capitalista con un gobierno de corte conservador, que ideológicamente también se opone frecuentemente a las tesis del liberalismo “woke” que sí caracteriza, en cambio, a los demócratas estadounidenses, quienes están mucho más a la “izquierda” que el régimen ruso.

O sea, hay más “izquierda” en el Partido Demócrata de EUA que en el actual régimen ruso o el iraní.

China, en cambio, sí es comunista, y sería el único gran aliado de izquierda de Irán.

Pero, con todo y ello, lo comunista de China ya sólo está en lo político, pero no en lo económico: ¿quién no ha visto las poderosas empresas chinas que ahora conquistan el mundo con su aguerrida competencia “capitalista”?

Entonces, es una mera afirmación propagandística eso de que la supervivencia del “capitalismo” esté en juego —o, peor aún, en riesgo— en este conflicto de Israel e Irán.

Pero vámonos aún más a fondo —y lo que sigue sonará polémico para muchos—: me atrevo a darle credibilidad a la teoría, que algunos creen es “conspiracionista-paranoica”, de que el comunismo fue, y aún es, una operación supervisada, impulsada y avalada por grandes élites capitalistas del mundo.

Y es que hay numerosos reportes, y hasta investigaciones académicas, que han dejado ver evidencias de que la mayor parte de los regímenes comunistas que florecieron en el siglo XX en el mundo tuvieron algún tipo de apoyo —entonces manejado con absoluta secrecía, ahora cada vez más revelado— de los grandes —auténticamente grandes— banqueros estadounidenses y europeos.

En el ahora muy conocido, y no exento de polémica, tratado de Antony C. Sutton, llamado Wall Street y la Revolución Bolchevique, se documenta el interés de los grandes capitales financieros del siglo pasado por derrocar al zarismo ruso, que mantenía a Rusia en la premodernidad, porque el objetivo último de estas grandes élites financieras era modernizar a Rusia para bancarizarla e introducir grandes cambios como la electrificación, la industrialización, la farmacología, etc., y convertir a Rusia así en un nuevo y gigantesco mercado para su sistema bancario.

Para Sutton, estas megaélites mundiales —como las de las familias Rockefeller, Morgan, y detrás de ellos los Rothschild europeos— le apostaron simultáneamente a dos sistemas experimentales en el mundo: uno capitalista y otro comunista. Eventualmente, décadas después, desmantelaron el sistema comunista en Europa del Este con la “Perestroika”, tras su fracaso en términos prácticos.

Pero lo que han seguido impulsando hasta la fecha esas mismas élites ha sido el modelo de un estatismo robusto, con regímenes como el de China y, más recientemente, otros más, como las izquierdas dictatoriales en Latinoamérica, porque lo que parecen preferir son los gobiernos que pueden tener el control monopólico de un país para facilitar sus grandes objetivos económicos.

El tema es amplio y complejo, pero la fantasía que no debemos creernos es la de que en todos esos países —como Rusia, China o Irán— no hay respaldo e importantes inversiones de los grandes capitales mundiales en sus sistemas bancarios y en sus infraestructuras.

De hecho, los bancos chinos son ya hoy los más grandes del mundo (creciendo en un país que ofrece ganancias anuales impresionantes a sus inversionistas) y son a donde han emigrado gran parte de estos capitales.

En lo que sí coincido con mi amigo —y así concluyó nuestra conversación— es que lo que SÍ está en juego es “el nuevo orden mundial”.

Un nuevo orden que pretende ya no ser unipolar, y donde Rusia y China pretenden demostrar que ya están a la par —si no es que son ya más fuertes, en ciertos ámbitos, como el económico, más no el militar— que los Estados Unidos.

Israel, en este contexto, juega el papel de un Estado satélite de los intereses militares y financieros occidentales, especialmente los estadounidenses, en Medio Oriente, en el punto geopolítico clave donde por siglos —y desde las Cruzadas— el "Oeste” ha librado batallas contra lo que ven como “el enemigo” de Oriente.

Jerusalén es, en muchos sentidos, un referente poderosísimo para nuestra cultura y la de las tres grandes religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam), además de ser un punto geoestratégico crucial, por lo que controlarlo es mandar una señal invaluable de “dominancia mundial”. 

Y sí, la lucha parece ser por el nuevo orden mundial.

Y, pese a que Trump ahora se ostenta como el “pacificador”, en esta “gran guerra” que aún no termina, Estados Unidos no parece ir ganando. Veremos.

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