1. Nos recuerda mi admirada Irene Vallejo que el orador griego Antifonte inventó una herramienta comparable a los remedios médicos de la época, con el objetivo de mitigar el dolor y la angustia: consolar a los tristes con discursos adecuados. Así se dio a la tarea de abrir lo que hoy diríamos un consultorio, en el que escuchaba a los afligidos y sedaba sus tribulaciones con palabras convenientes. Mi profesora de Historia Universal en primaria nos insistía en que cuidáramos lo que hablábamos: “Algo tan chiquito como la lengua puede destruir un imperio”, sentenciaba.
2. Y sí. Así como decimos conceptos que pueden apoyar a quienes sufren una pena y luchan por superarla, al igual que nuestras opiniones tranquilizantes y moderadas en discusiones cada vez más ácidas y mordaces, también podemos servirnos de nuestra boca, del celular o de la computadora para proferir expresiones, mensajes de WhatsApp o correos electrónicos que son hirientes y ofensivos. La vida pública ha optado por este camino de la agresión y, si antes un político debía distinguirse por su sensatez y corrección, hoy se premia la belicosidad verbal, el insulto.
3. Sobran ejemplos en el mundo entero de personajes encumbrados gracias a sus vulgaridades y abusos contra sus opositores. Yo aprendí italiano escuchando el canal del Congreso, que transmitía las 24 horas y ofrecía diálogos y discursos con un pulcro manejo del lenguaje. Hoy nuestras autoridades no solo se distinguen por sus gracejadas, anglicismos y bufonerías —curiosamente celebradas por sus seguidores: ¿votarán de nuevo por su partido?—, sino también por el insulto y el escarnio. La elegancia lingüística ha cedido frente a la ordinariez de una cantina.
4. Pero hay otro manejo del discurso que, sin emplear groserías o lo que llamábamos “malas palabras”, se está convirtiendo en un elemento tóxico, capaz de enfermarnos, por el atentado que sufre nuestra inteligencia. Me remito a dos ejemplos recientes, surgidos desde la más alta tribuna pública mexicana, en donde se han dicho cosas que, sin estridencias ni gritos, sin aspavientos sonoros, se agrede a la ciudadanía y a instituciones deseosas de respetar las leyes y los procesos creados para fortalecer el bien común y la sana convivencia entre las personas.
5. El pasado 16 de julio, durante un recorrido por Tulum, se instruyó a un funcionario federal: “Hay que gobernar con sentido común y para la gente… no cumplas con la norma, eso es lo que te estoy diciendo”. Esta semana, y a la pregunta sobre la afirmación del nicaragüense Daniel Ortega de que no habría elecciones en su país, en Palacio Nacional se afirmó respetar la autodeterminación de los pueblos y se reiteró su apuesta por la democracia. La ley se sujeta, entonces, al sentido común, y un país sin procesos electorales no deja de ser democrático. Mmmmm.
6. ¿Qué pensarán los estudiantes y profesores de derecho, expertos en las leyes y en su interpretación, cuando ven que estas se colocan por debajo de un subjetivo y muchas veces arbitrario sentido común? Las elecciones no son el único elemento que valida a una democracia, pero son fundamentales para ello. ¿Cómo se sienten los votantes que, orgullosos, enseñan su dedo manchado para mostrar su responsabilidad cívica, al enterarse de que se consiente la ausencia de las elecciones sin menoscabo de la democracia? Necesitamos palabras que sanen, no que enfermen.
7. Cierre icónico. Darle la vuelta al sol en 74 ocasiones es una bendición, y así me siento: bendecido. Sobre todo si ese viaje se realiza en compañía, como la que usted me brinda cada semana al hacerme el honor de leer mis textos, corregirlos, comentarlos y cuestionarlos. Qué más quisiera que este trayecto durara mucho tiempo más, pero eso no depende de mí. Lo que sí está en mis manos es seguir ofreciéndole este espacio, mientras se pueda, como un instrumento de diálogo, respetuoso y confrontativo, con el propósito de ensanchar nuestros horizontes. Gracias.
