“Cuando el poder se convierte en espectáculo, la verdad se vuelve incómoda”, advertía Protágoras mientras observaba cómo algunos confundían la función con el aplauso.
Porque queda claro que la procuración de justicia no es un escenario, ni un foro, ni mucho menos un espacio para construir popularidad.
Y, sin embargo, el fiscal general de Coahuila, Federico Fernández Montañez, decidió aparecer en un programa nocturno, no solo para hablar de seguridad —lo cual sería entendible— sino para cantar.
Porque una cosa es comunicar… y otra muy distinta es protagonizar.
Y en Coahuila, el fiscal parece haber optado por lo segundo.
No es un hecho aislado.
No es solo una canción.
Es un patrón.
Desde su llegada al cargo —en medio de señalamientos por su cercanía política con el grupo en el poder— el fiscal ha construido una narrativa de exposición constante, presencia mediática y una figura pública que ha desbordado lo estrictamente institucional.
Para algunos, cercanía.
Para otros, banalización del cargo.
Porque no se puede ignorar que, en los últimos meses, su imagen ha transitado por redes sociales, entrevistas relajadas, momentos fuera de protocolo… y ahora incluso incursiones en el entretenimiento.
¿Ese es el rol de un fiscal?
Pero el problema no es la forma… es el contexto.
Porque mientras el fiscal canta, el estado acumula cifras que no se cantan.
145 investigaciones por delitos sexuales en apenas el arranque de 2026.
154 víctimas.
No es percepción.
Es dato.
Y es ahí donde el discurso oficial comienza a hacer ruido.
Porque se insiste en que Coahuila es “el estado más seguro del país”, pero al mismo tiempo hay fenómenos que siguen creciendo, que siguen lastimando y que siguen exigiendo respuestas más allá de la narrativa.
Y entonces la pregunta se vuelve inevitable:
¿Quién está viendo la realidad completa?
¿El fiscal… o el público?
No es la primera vez que el fiscal queda en el centro de la polémica.
Sus declaraciones en casos sensibles, como el feminicidio de una menor, ya habían generado críticas por el manejo del discurso y la sensibilidad institucional.
También han surgido cuestionamientos por la forma en que comunica ciertos casos: prudencia selectiva en algunos temas, protagonismo en otros.
Y ahí está el fondo del problema:
No es un error.
Es una constante.
Porque la Fiscalía no es una plataforma personal.
Es una institución.
Y la investidura exige algo que hoy parece diluirse: sobriedad.
No se trata de si puede cantar.
Se trata de cuándo, dónde… y por qué.
¿Quién le dijo que su función incluye entretener?
¿Quién le está aplaudiendo mientras los datos cuentan otra historia?
¿Quién le recuerda que no es un influencer, sino el responsable de procurar justicia?
Porque mientras más se borra la línea entre autoridad y espectáculo, más se debilita la credibilidad institucional.
Y en seguridad, la credibilidad lo es todo.
Al final, el problema no es la canción.
Es el silencio que deja.
El silencio de las víctimas.
El silencio de los pendientes.
El silencio de lo que no se resuelve.
Porque la justicia no necesita reflectores.
Necesita resultados.
Y cuando un fiscal busca aplausos en lugar de respuestas, lo que queda no es cercanía con la gente… es una peligrosa distancia con la realidad.
¡¡Yássas!!
