Opinión

¿Hay ‘mano negra’ en las revueltas de Europa?

Sección Editorial

  • Por: Luis Padua Viñals
  • 18 Octubre 2026, 04:58

Es cierto que en esta vida ocurren casualidades. 

Pero es demasiada casualidad que, prácticamente al mismo tiempo, hayan estallado protestas con un grado inusitado de violencia en al menos cinco países de Europa, un continente donde suponemos que existen elevados estándares de vida y estabilidad social que no hacen tan fácil el que ocurran sucesos de este calibre.

Particularmente Francia, Italia, Albania, pero también otras naciones europeas, están viviendo una oleada de manifestaciones que, en algunos casos, han terminado en incendios, saqueos, destrucción de patrimonio histórico y violentos enfrentamientos con la policía.

Aunque cada protesta parece tener sus propias causas, hay tantas coincidencias que resulta demasiado ingenuo creer —como pareciera estarnos diciendo la “historia oficial”— que no hay un hilo conductor o una “mano negra” involucrada en las mismas.

No sería la primera vez que pasa. La historia reciente nos ha dado lecciones sobre movimientos sociales similares que ocurren en diversos países y donde sí se ha encontrado infiltración de grandes potencias en dichos sucesos.

El ejemplo que viene más fácil a la mente es el de la llamada “Primavera Árabe”.

Entre 2010 y 2011, una sucesión de levantamientos sacudió Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria y otras naciones. Las movilizaciones se propagaron mediante las redes sociales y terminaron provocando la caída de varios gobiernos. Queda claro que el asunto no fue menor.

Y la “mano que meció la cuna” apuntaba hacia los Estados Unidos.

En abril de 2011, The New York Times publicó una investigación que documentó cómo organizaciones financiadas por EUA habían capacitado y apoyado a activistas que posteriormente participaron en varios levantamientos árabes.

Entre ellas figuraban Freedom House, el National Democratic Institute y el International Republican Institute, cuyos programas incluían capacitación política, organización de movimientos y utilización de herramientas digitales.

En la Europa actual parece haber varios detonantes: En Francia, las protestas se relacionan con problemas educativos y económicos; en Italia, con el encarecimiento de la vida y el rechazo a los conflictos internacionales; mientras que en Albania, los estudiantes protestan contra la corrupción y la falta de oportunidades.

Son causas similares, con demasiados elementos comunes: malestar económico, protagonismo juvenil, convocatorias difundidas por redes sociales y una escalada de violencia concentrada en fechas cercanas.

¿Por qué Europa, quién puede estar detrás de su desestabilización y con qué objetivos?

Lo primero que hay que saber es que el llamado Viejo Continente atraviesa un momento particularmente delicado.

Durante décadas, la eurozona vivió bajo el paraguas militar de Estados Unidos, cuyo poderío representaba su principal garantía de seguridad. Pero ese escudo está cambiando.

Con Donald Trump, Washington ha exigido a sus aliados europeos asumir una responsabilidad mucho mayor sobre su propia defensa, mientras replantea sus prioridades estratégicas.

La incertidumbre sobre el tradicional respaldo de EUA obliga a los europeos a prepararse para gastar mucho más en defensa, precisamente cuando sus sociedades demandan mejores salarios, vivienda y servicios públicos. 

Son, además, países que tradicionalmente mantienen sistemas socialdemócratas que subsidian buena parte de estos servicios, y sus poblaciones se han acostumbrado a ello.

Y es ahí donde aparece Rusia.

Para Vladimir Putin, una Europa dividida y consumida por sus problemas internos representa una ventaja estratégica formidable. Mientras los gobiernos europeos enfrentan disturbios y crisis políticas, se vuelve más difícil mantener una posición común frente a Moscú, sostener las sanciones y continuar respaldando a Ucrania.

¿Podría Rusia estar aprovechando el descontento social para alimentar la inestabilidad europea? Es posible. La propia Unión Europea ha documentado operaciones rusas de desinformación e interferencia política, mediante redes digitales diseñadas para exacerbar conflictos, polarizar sociedades y debilitar la confianza en sus instituciones.

Incluso, el primer ministro de Albania, Edi Rama, ha acusado directamente a actores extranjeros de alimentar los disturbios en su país.

Cierto, las protestas pueden basarse en demandas legítimas, pero, como suele suceder, no falta quien se aprovecha para convertirlas en algo mucho mayor.

Lo que no podemos negar es que algo grande está pasando en Europa. Y mientras millones de ciudadanos observan las imágenes de calles incendiadas y enfrentamientos, las grandes potencias seguramente hacen sus propios cálculos. Y mueven sus piezas de ajedrez…

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