La fugacidad de la eternidad
Cinefotógrafo y catedrático de la Carrera de Producción Cinematográfica de la UDEM. Contacto en mariogduenas@gmail.com @duenasmariog
En el instante exacto en que hacemos una captura fotográfica, sostenemos en nuestras manos el superpoder de congelar el tiempo.
Jugamos a ser Cronos, dueños absolutos de ese fragmento de espacio y de todas sus variables. Al final, la mayoría de esos destellos mágicos terminan alimentando el ego colectivo en los muros de nuestras redes sociales.
Ahora bien, muchos damos por sentado que así funciona la realidad; que desde esa pantalla que nos conecta con el planeta entero se pueden inmortalizar momentos sin detenernos a pensar en el peso y la magia que eso implica.
Pero todo esto, querido lector, no sería posible si en 1880 George Eastman no hubiese regalado al mundo la legendaria cámara KODAK. Aquel artefacto guardaba en su interior un rollo con 100 exposiciones bajo una promesa que lo cambió todo: “Aprieta el botón y nosotros hacemos el resto”. Esa simple frase desató una revolución visual con un eco tan profundo que pocos inventos en la historia han logrado igualar.
El simple hecho de que KODAK desarrollara después la “cámara de bolsillo” significó democratizar la magia, poniendo la innovación al alcance de cualquier mano.
Pero no todo es tan sencillo, querido lector. Al contrario, lo que KODAK nos entregaba visualmente se convirtió en una auténtica orquesta visual.
Porque gracias a Eastman no solo poseemos la fotografía fija. Sin el buen George, jamás habríamos tenido la herramienta reina para narrar las historias del siglo XX; esa tecnología de captura que marcó la pauta por más de cien años. En pocas palabras, el cine, tal como lo conocemos y nos apasiona, nunca habría existido.
Y no nos limitemos al entretenimiento: la emulsión cinematográfica nos permitió registrar, de formas que antes eran inimaginables, los capítulos más intensos de la historia, descubrimientos de la ciencia y relatos extremos en los rincones más remotos del planeta. Se convirtió en el alma de las revistas de divulgación, inspirando tanto a profesionales como a mentes curiosas.
Hay imágenes que siempre habitarán en nuestra memoria gracias al maravilloso invento de la fotografía. Pero, sobre todo, la capacidad de narrar y construir mundos con dicha herramienta ha sido el verdadero punto de quiebre que transformó el rumbo de cualquier industria.
No tengo intenciones de entrar en un debate vacío sobre si el universo del arte y la investigación le debe algo a Eastman. Basta con sumergirse un poco en la historia para descubrir que, sin ese titán industrial, el mundo jamás habría alcanzado este nivel de evolución visual.
Y no solo hablo de imágenes: su legado transformó también el desarrollo médico, la ingeniería civil y la música, por mencionar solo algunos campos.
No quiero abrumarte más, querido lector, pero al sol de hoy, todos llevamos un “fotógrafo” en el bolsillo gracias al celular. Sin embargo, ese hermoso “fetiche” de retratar la fugacidad de la eternidad es un viaje que venimos haciendo juntos desde 1880.
