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Opinión

La alimentación infantil: Cuestión de peso

Héctor Eliud Arriaga Cázares, es endocrinólogo pediatra, certificado por el Consejo Mexicano de Endocrinología Pediátrica y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Hace unos meses conocí a Daniel, un niño de ocho años que llegó a consulta porque se cansaba al jugar futbol. “Antes corría más rápido”, decía, mientras su mamá explicaba que últimamente prefería quedarse frente a la pantalla con un refresco y unas frituras. 

En su revisión, Daniel pesaba 12 kilos más de lo esperado para su edad. No es un caso aislado: Su historia se repite en muchos hogares de Monterrey y de todo México.

La obesidad infantil se ha vuelto una realidad cotidiana. De acuerdo con datos nacionales, uno de cada tres niños en nuestro país, tiene sobrepeso u obesidad. Más allá de la cifra, esto significa que miles de pequeños están desarrollando, desde la infancia, problemas de salud que antes solo veíamos en adultos: Diabetes tipo 2, presión alta o colesterol elevado.

Una de las principales causas está en lo que bebemos. Las bebidas azucaradas —refrescos, jugos industrializados, leches saborizadas o aguas de sabor— se han convertido en parte habitual de la dieta infantil. 

Lo que parece “solo un vasito” puede aportar más azúcar de la recomendada para todo el día. Además, estas calorías líquidas no quitan el hambre, por lo que los niños terminan comiendo más. Sustituirlas por agua simple, es un cambio sencillo que genera grandes beneficios.

También es importante revisar las porciones. En muchos hogares se sirven platos abundantes como muestra de cariño, sin notar que el exceso se acumula poco a poco. Enseñar a los niños a reconocer la sensación de saciedad, y a comer despacio, ayuda a mantener un equilibrio saludable. Comer bien no es comer mucho, sino comer lo que el cuerpo necesita.

Otro enemigo silencioso es la comida chatarra. Botanas, pastelitos, galletas y cereales azucarados, están al alcance de la mano en cualquier tienda o escuela. No se trata de prohibirlos del todo, sino de reservarlos para momentos ocasionales. En casa se pueden ofrecer opciones más nutritivas y atractivas: Fruta fresca, yogurt natural, palomitas caseras o verduras con limón.

Y aunque la actividad física es importante para la salud, conviene recordar que no existe ejercicio suficiente para compensar una mala alimentación. Correr, jugar o andar en bicicleta son excelentes hábitos, pero no deben verse como una forma de “quemar” lo que comemos, sino como parte de un estilo de vida integral y equilibrado.

Daniel empezó haciendo pequeños cambios: cambió los refrescos por agua, redujo las porciones y volvió a salir a jugar con sus amigos. Meses después, su energía regresó. Historias como la suya, nos recuerdan que los hábitos se construyen en familia y que cuidar lo que comen nuestros niños, hoy es una inversión en su futuro. Porque, sin duda, la alimentación es una cuestión de peso.

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