La bancada de las ausencias estratégicas: Morena y el costo de la deslealtad
Sección Editorial
- Por: Ivonne Bustos
- 23 Junio 2026, 00:00
En el teatro de la política, la lealtad suele ser una mercancía cara y de caducidad temprana. Sin embargo, cuando la indisciplina raya en la insurrección abierta contra los principios fundacionales y las máximas dirigencias de un movimiento, deja de ser mera disidencia para convertirse en una de las faltas más antiguas y peor pagadas de la historia: la traición. Lo que hoy se vive en la bancada de Morena en el Congreso local de Nuevo León no es solo una crisis de coordinación; es un síntoma de descomposición ética que ya comenzó a facturar sus primeros costos.
Desde los días de la Grecia clásica, los pensadores han advertido sobre el veneno del transfuguismo moral. Dante Alighieri, en La Divina Comedia, no reservó el peor círculo del infierno para los ladrones ni para los tiranos, sino para los traidores, colocándolos sumergidos en el hielo de la ingratitud. En la política moderna, Nicolás Maquiavelo sugería en El Príncipe que la astucia es válida, pero advertía que quien traiciona a los que lo empoderaron termina por cavar su propia tumba, pues pierde el único activo insustituible en el servicio público: la confianza.
Esa confianza es la que hoy está rota en el Legislativo neolonés. La historia reciente de la bancada guinda es una crónica de sospechas y ausencias convenientemente calculadas. El primer gran agravio ocurrió cuando la dirigencia nacional —entonces encabezada por Luisa María Alcalde— y la propia Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, dieron una instrucción clara y pragmática: destrabar el presupuesto de Nuevo León, exigiendo únicamente como condición blindar los programas sociales locales. Las modificaciones se hicieron, pero la votación, misteriosamente, no se alcanzó.
El segundo acto de este drama de sombras ocurrió con el dictamen del juicio político contra el gobernador, una batalla impulsada formalmente por la dirigencia local de Morena, los aspirantes a la gubernatura y el propio delegado nacional, Alejandro Murat. En el momento de la definición, la simulación operó a la perfección: tal como lo reportó El Horizonte con el contundente encabezado “Aprueban juicio político a gobernador; Morena se ausenta”, legisladores clave abandonaron la comisión para evitar que el dictamen prosperara.
El colmo del desplante y la soberbia institucional se consumó con la visita de la actual presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel. Frente a una convocatoria de tal magnitud, con consejeros y diputados, el entonces coordinador de la bancada, Mario Soto, decidió que tenía “compromisos personales” más importantes que atender a la máxima autoridad de su partido.
Morder la mano de la militancia que caminó las calles, del partido que otorgó la plataforma y de los ciudadanos que cruzaron la boleta buscando un cambio siempre tiene consecuencias. La Comisión de Honestidad y Justicia ya tomó cartas en el asunto, relevando de la coordinación a un Mario Soto, quien, en un intento de dar “atole con el dedo” a la opinión pública, pretendió evocar la figura de Andrés Manuel López Obrador para justificar lo injustificable. No hay retórica que pueda disfrazar la espalda que se le dio al proyecto nacional.
Pero el problema no muere con el relevo. Las miradas están puestas en varios diputados de esa bancada cuyas votaciones sistemáticamente han desafiado la línea de la Cuarta Transformación. Para implicados directos como Mario Soto y el diputado Rodrigo Montemayor, la permanencia en las filas del partido pende de un hilo y la posibilidad de una reelección legislativa se ha esfumado en el horizonte del descrédito.
Plutarco decía que “el traidor es un hombre que abandonó su partido para inscribirse en otro, pero el que se queda en el suyo para destruirlo es un monstruo”. A final de cuentas, en el fenómeno de la deslealtad, el problema principal rara vez es el traicionado; el verdadero peligro lo corre el que sigue en la fila de las complicidades de los traidores. La historia universal y la praxis política demuestran una máxima infalible: quien traiciona una vez, traiciona mil. Quienes hoy compran o se benefician de las conciencias y los votos de estos legisladores neoloneses deberían mirarse en ese espejo; la moneda de cambio de la infidelidad política siempre se devalúa y termina pagando mal a sus nuevos amos.
El golpe de timón enviado desde el centro del país de la mano de Ariadna Montiel es un mensaje inequívoco: en Morena, el poder se ejerce con disciplina o no se ejerce. Al intentar jugar su propio juego a espaldas del proyecto nacional, los legisladores neoloneses dinamitaron sus propios puentes hacia el futuro. Quienes cambiaron la lealtad del pueblo por acuerdos inconfesables hoy duermen en la cuerda floja. Olvidaron que en política los espacios vacíos se llenan rápido y que, a los traidores, una vez que cumplen su función de esquiroles, nadie les vuelve a abrir la puerta.
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