La casa de los malosos
Sección Editorial
- Por: Luis Sampayo
- 02 Marzo 2026, 00:00
Normalmente la historia parece avanzar con calma pasmosa; sin embargo, en ocasiones los tiempos se aceleran y adquieren un matiz distinto. Y es que, estimado lector, llevamos apenas dos meses completos y comenzando el tercero de un año 2026 de cambios abruptos, convulsos y profundamente inciertos, en donde nosotros, los mexicanos, y la humanidad por entero ya hemos atravesado uno de esos puntos de inflexión donde la paz, la calma, la tranquilidad y el orden internacional dejan de parecer permanentes y comienzan a revelar que el mundo que habitamos lo han convertido en “La casa de los malosos”.
Y es que, recapitulando, primero fue la sorpresiva extracción del poder de Nicolás Maduro, un episodio que alteró el equilibrio político latinoamericano y dejó al descubierto la fragilidad de los regímenes sostenidos más por inercias geopolíticas que por consensos sociales. Y hace apenas una semana, después de la muerte de “El Mencho”, se detonó una ola violenta de actos terroristas nunca antes vista en México, que dejaron ver la crudeza de un crimen organizado que no desaparece con la caída de sus líderes, sino que muta, se fragmenta y responde con furia.
Y mientras América Latina intentaba comprender su propio reacomodo, el epicentro del mundo volvió a desplazarse, ahora hacia Medio Oriente. El ataque de Israel contra Irán, con respaldo operativo de Estados Unidos, y que incluyó la muerte de su ayatolá, encendió las alarmas mundiales que no se escuchaban con tal intensidad desde hacía décadas. Explosiones en Teherán, sirenas antiaéreas en Tel Aviv y mercados financieros reaccionando con nerviosismo componen una escena que muchos creían relegada a los libros de historia.
La lógica detrás del ataque revela una tensión estratégica profunda. Para Israel, Irán representa una amenaza existencial, un adversario que, desde su perspectiva, acumula capacidades militares y nucleares capaces de alterar irreversiblemente el equilibrio regional. Y es que su doctrina ha sido clara: golpear antes de que el enemigo tenga la capacidad de hacerlo primero. No es una novedad histórica, pero sí una señal que pone al mundo en vilo.
Nuestros vecinos norteamericanos, en cambio, juegan una partida más compleja. Apoyan, presionan y respaldan, pero evitan encabezar abiertamente el conflicto. La razón es menos ideológica que pragmática: una guerra directa implicaría inflación global, crisis energética y un desgaste político interno que la sociedad estadounidense difícilmente aceptaría tras décadas de conflictos interminables. Así, obtienen lo que buscan sin asumir completamente el costo visible de la confrontación.
El problema es que las guerras rara vez siguen los cálculos de quienes las inician, y mientras los analistas discuten estrategias y los gobiernos miden consecuencias, el ciudadano común experimenta algo tan profundo como la zozobra: la sensación colectiva de que el mundo ha entrado en una etapa donde la tranquilidad desaparece. Las cadenas de suministro tiemblan, los precios energéticos amenazan con dispararse y la estabilidad internacional parece depender de decisiones tomadas en las salas de los líderes.
Quizá lo más inquietante no solo sea la posibilidad de una guerra mundial inmediata, sino la acumulación simultánea de crisis por todos lados: liderazgos que caen, violencias internas que resurgen y potencias que prueban nuevamente los límites del poder militar. La historia enseña que los grandes conflictos no comienzan con un solo evento, sino con una sucesión de tensiones que el mundo aprende a normalizar hasta que dejan de ser contenibles.
El 2026 apenas arranca su tercer mes y nos grita una realidad incómoda: la estabilidad, la paz y la tranquilidad históricamente no han sido permanentes, pero nunca tan agresivas, peligrosas y explosivas como ahora. Y aunque, por fortuna se supone, no vivimos una guerra total, hoy vivimos en la zozobra e incertidumbre de que las cosas pueden cambiar en cualquier momento. Y cuando el panorama deja de ser predecible, lo que domina no es el miedo, sino esa ansiedad e incertidumbre que acompaña las épocas previas a los grandes cambios de aquellos que, a su propia conveniencia, están transformando nuestro mundo en una especie o mala versión de “La casa de los malosos”.
Por hoy es todo. Medite lo que le platico, estimado lector. Esperando que el de hoy sea un reflexivo inicio de semana, por favor cuídese y ame a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco, con sus hermosas palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos, Dios mediante, aquí el próximo lunes.
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