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Opinión

La conversión del alma a Dios

Las cartas sobre La mesa

Este fin de semana nos centramos en un tema que nos hace mucho bien: la conversión del alma a Dios. El profeta Ezequías, hablando de la responsabilidad personal, quiere mostrarnos que cada uno tiene el grave deber y la hermosa responsabilidad de convertir su alma a Dios. La retribución de nuestras obras es algo personal. Cada uno será premiado o castigado por sus propias obras, en consecuencia, es necesario que cada uno oriente su vida hacia Dios con amor y se arrepienta de sus pecados.

La conversión es una responsabilidad personal. El profeta Ezequías nos ayuda a entender esto. El pueblo se encuentra en el exilio después de la caída de Jerusalén. La tradición teológica interpretaba lo sucedido como el resultado de las infidelidades del pueblo a lo largo de su historia. En realidad, se trataba de una situación fatal que la generación presente debía enfrentar. Ellos soportaban las culpas y pecados de sus antepasados y no les quedaba otro destino. Al mismo tiempo, el pueblo experimentaba que el castigo era superior a las culpas que él mismo había cometido. Se sentía tratado injustamente. Ante esta situación de desolación, les surgían preguntas que a todos nos surgen en el momento oscuro de la vida: ¿dónde ha quedado el amor de Dios? ¿Dónde está el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob? ¿Qué ha sido de la promesa del Señor? Daba la impresión de que Yahveh rompía su Alianza: el templo había sido destruido; Jerusalén, la ciudad santa, había sido saqueada y devastada, ardía en llamas; el pueblo, deportado... Todo era, pues, desaliento, decaimiento y derrota.

No obstante, Ezequiel se levanta con fuerte y firme voz y encamina al pueblo por distinta ruta. Les deja claro y enuncia el principio general: “Cada uno sufrirá la muerte por su propio pecado”. Es decir, la responsabilidad es personal y cada uno responderá de sus propios actos. Asimismo, la retribución también es personal. Efectivamente los actos pasados influyen y condicionan de algún modo el presente, pero no son una herencia fatal, un fatum al estilo de una tragedia griega.

 Ciertamente será difícil liberarse de las condiciones del pasado, pero es posible porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Así, el tema de la responsabilidad personal apunta al tema, aún más profundo, de la conversión del pecador. No somos herederos de pecados y desgracias de los antepasados, como está muy de moda esta manera de pensar hoy, sino que cada uno somos responsables de nuestras acciones, la salvación es personal.

La carta a los filipenses, por su parte, nos ofrece el modelo del cristiano: la humildad y el abajamiento de Jesús que cumple en todo y fielmente la voluntad del Padre. Contemplamos claramente la perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Jesús. Jesús a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. En este himno no se habla de los discursos del Señor, de sus enseñanzas, sino de sus obras: se despojó, tomó la condición de esclavo, se sometió incluso a la muerte. El nos enseña el camino que debe seguir el cristiano: el camino de la obediencia a los planes divinos, el camino de la humildad, el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios en las obras, no sólo en las palabras. Aquí admiramos el poder de Jesús: un poder muy distinto del humano que desea imponer y hacer la propia voluntad. El poder de Jesús es el poder de la obediencia al Padre, es el poder el amor y de la verdad, es el poder del que sirve y da la vida por los amigos

Jesús es Señor. Él tiene el nombre sobre todo nombre, y ésta es nuestra esperanza. Podemos esperar en el poder de Dios.

Un poder que actúa en este mundo, lo cambia por dentro. Un poder que no se ejerce despóticamente, sino amorosamente.

En el Evangelio esta enseñanza se profundiza ante la predicación del Bautista y ante la llegada del Mesías, Jesús. No basta obedecer sólo de palabra los mandamientos de Dios, es necesario que las obras acompañen nuestras palabras. Esto es verdadera conversión. Por esta razón, como dice el evangelista, los publicanos y las prostitutas precederán a los maestros de la ley en el Reino de los cielos. Mientras los primeros dijeron “no” a la voluntad de Dios, pero después se convirtieron de su mala conducta; los segundos, es decir, los maestros de la ley, creyéndose justos, no sentían la necesidad de convertirse y de hacer penitencia por sus pecados. Con sus palabras decían “sí” a Dios, pero sus obras eran distintas. ¡Qué grande peligro el de sentirse justo y no necesitado de arrepentimiento!

La falta del sentido del pecado es uno de los grandes males de nuestra época, se debe, en parte, a esta incapacidad para entrar dentro de nuestro corazón y ver que, junto a cosas muy buenas, hay también desamor, infidelidad, menor correspondencia al amor de Dios. Por ello, el examen de conciencia diario en un ambiente de fe y oración, de esperanza y sincera conversión, será uno de los medios que más pueden ayudarnos en el camino de regreso y de encuentro con Dios, en el camino de nuestra conversión.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, ruega por nosotros.

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