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Opinión

El juez que quiere volver a casa

Protágoras

Hay una regla vieja en política: cuando todos miran al acusado, conviene voltear a ver quién sostiene la balanza. 

Mientras el país discute a Francisco García Cabeza de Vaca, el exgobernador panista al que la Suprema Corte le tumbó el amparo y le dejó viva la orden de aprehensión, casi nadie repara en un nombre que merece atención: el del magistrado Mauricio Fernández de la Mora. Hoy despacha en Monterrey, pero, según fuentes del Poder Judicial, querría regresar al tribunal de Reynosa.

El detalle no es geográfico, es de timing. Legisladores de Morena y autoridades federales lo señalan de haber, presuntamente, puesto piedras en el camino de la Fiscalía en el caso del exmandatario. 

Piénselo así: en un partido de futbol nadie recuerda al árbitro… hasta que cobra un penal dudoso en el minuto noventa. Eso es lo que está en duda aquí. ¿Aceleró trámites que convenían a una de las partes? La FGR lo creyó suficiente para recusarlo.

Y ahí está el punto ciego que pocos quieren nombrar: nos obsesiona el político en la mira, pero el verdadero poder, muchas veces, está en quien decide qué expediente avanza y cuál se duerme. Un gobernador se va con las elecciones; un criterio judicial se queda. Fernández de la Mora aún no responde. Está en su derecho. Pero el silencio, en estos casos, también es una declaración.

TAMAULIPAS SE ESTÁ PEINANDO CANAS

Mire usted, hay un número que cuenta toda la historia sin necesidad de tabla: en el año 2000, la mitad de los tamaulipecos tenía 24 años o menos. 

Hoy esa mitad ya rebasó los 30. En apenas dos décadas, el estado envejeció seis años de golpe. El tamaulipeco promedio dejó de ser un muchacho y se volvió un adulto hecho y derecho.

¿Y por qué pasa esto? Por algo tan de cocina como cuántos hijos tiene cada familia. 

En 2000 eran 2.4 por mujer; hoy son 2.0. Menos cunas, más canas. La vieja pirámide poblacional, ancha de niños abajo, angostita de viejitos arriba, se está volteando como reloj de arena. 

Pero Tamaulipas carga una arruga que otros estados no tienen: aquí no solo envejece la gente por la baja natalidad… también se vacía la casa por el miedo. 

El censo encontró más de 211,000 viviendas deshabitadas, y el propio Inegi las relaciona con la percepción de inseguridad. Hogares que se quedaron a oscuras porque alguien hizo las maletas. 

Y ahí está el punto ciego que la clase política no quiere mirar de frente: seguimos gobernando para el Tamaulipas de las primarias llenas, cuando lo que viene es un estado de consultorios, pensiones y bastones.

Lo más bravo llega en quince años, justo después de la próxima elección y la que sigue. La transición ya tocó la puerta. La pregunta es la de siempre: ¿abrimos hoy, o le heredamos el problema, ya más caro, a los pocos jóvenes que decidan quedarse?

¡¡Yássas!!

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