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Opinión

La Casa de los Espíritus

Comentarista de Azteca Deportes

“El pasado se entrelaza con el presente en una danza interminable”, Isabel Allende en La Casa de los Espíritus.  

Hay lugares donde el pasado nunca se marcha.

Isabel Allende imaginó uno de ellos en La casa de los espíritus.

El Estadio Azteca pertenece a esa misma estirpe.

Hay estadios donde sólo se juega al fútbol.

En el Azteca también juega la memoria.

Por eso, cada partido parece conversar con todos los anteriores. Cada generación vuelve a encontrarse con sus propios fantasmas. El pasado nunca abandona el césped.

El domingo, Inglaterra volverá a cruzar ese umbral.

No visitará únicamente un estadio.

Entrará a un lugar donde todavía habitan las cicatrices de su propia historia.

Un escenario que conserva intacto el recuerdo de la Mano de Dios y del Gol del Siglo.

Un cementerio de memorias donde algunas derrotas nunca terminan de ser sepultadas.

Han pasado cuarenta años desde aquella tarde de 1986. Cuarenta años regresando, una y otra vez, a las mismas imágenes. El Azteca conserva ese recuerdo como las viejas casas conservan el retrato de sus antepasados: no para vivir del pasado, sino porque forma parte de su identidad.

Para Inglaterra, el domingo será la oportunidad de matizar esas sensaciones. De neutralizar, al menos por una noche, lo que le despierta el Estadio Azteca. No podrá borrar la derrota ante Argentina. No podrá deshacer la Mano de Dios ni desandar el Gol del Siglo. Pero tal vez pueda vivir en paz con sus recuerdos.

Al frente de esa expedición llegará Harry Kane.

El almirante de una selección que volvió a demostrar, frente a la República Democrática del Congo, que siempre encuentra un líder cuando la tormenta amenaza con hundir el barco. Kane sostiene el timón cuando Inglaterra pierde el rumbo. Su presencia transmite serenidad. Su fútbol devuelve el equilibrio.

Y el domingo, México tendrá enfrente al vigente ganador de la Bota de Oro Europea. Al máximo goleador de todas las ligas europeas. Al delantero que mejor ha definido frente al arco en el último año del fútbol del continente.

El domingo intentará escribir una historia distinta en el escenario de la mayor cicatriz futbolística de su país.

Del otro lado estará el equipo mexicano.

Un rinoceronte.

Un bloque compacto.

Un equipo blindado.

Un colectivo que no conoce otra forma de competir que hacerlo unido.

Para México, el domingo significa rebasar su gran frontera. Cruzar hacia esa tierra que tantas veces hemos imaginado y tantas veces se nos ha negado: los cuartos de final. Siete intentos mundialistas consecutivos chocando contra la misma puerta. Siete caminatas detenidas antes de entrar al territorio de los ocho mejores.

Y entonces, una vez más, la casa volverá a abrir sus puertas.

Los viejos recuerdos ocuparán su lugar en las tribunas invisibles.

Los nuevos protagonistas saltarán al césped.

Y durante noventa minutos, el pasado volverá a dialogar con el presente en el estadio donde los espíritus nunca terminan de marcharse.

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